
Con un gran dolor, la noticia tardó, en mi conciencia y en la de millones de argentinos, en volverse tolerable. -¿Es verdad que murió el ex presidente?-, preguntó la señora que esperaba para ser censada en la destemplada mañana de Santa Clara del Mar. -¿Como? ¿Que ex presidente?-, contesté perplejo e incrédulo. El televisor encendido en la casa contigua donde continué la tarea, me confirmaría la noticia que ya corría por las redacciones del país y se hacía eco en los principales medios de todo el mundo. El corazón de Néstor Kirchner había dicho basta en El Calafate, aquel rincón casi al final del mapa que era su lugar en el mundo.
Pertenezco a una generación que nació en la dictadura, creció con Alfonsín, adolesció en el menemato y se hizo adulta en el 2001, con el “que se vayan todos” como música de fondo. Por todo lo anterior, esta generación nunca creyó en la política como herramienta de transformación y aprendió que “los políticos eran una manga de ladrones y corruptos que solo buscaban beneficio personal.”
Por eso cuando en 2003 apareció este flaco, medio tuerto, hablando con ceseo, que calzaba mocasines y usaba el saco cruzado, en principio lo miró con la desconfianza que le generaba este Presidente que venía como el delfín político de Eduardo Duhalde (el mismo que como colorario a su actuación en la función pública había manchado sus manos con la sangre de Darío Santillán y Maximiliano Kosteki, los piqueteros asesinados a sangre fría por la bonaerense en el Puente Pueyrredón. “La mejor policía del mundo”, en palabras del propio Duhalde.)
Pero Kirchner era otra cosa. De entrada, encaró contra la Corte Suprema de la mayoría automática, resabio del menemismo, y le cortó la cabeza. Enseguida, dejó en claro cual iba a ser su política en materia de derechos humanos. Recibiendo a Madres y Abuelas, proponiendo la nulidad de las leyes del perdón, yendo al Colegio Militar y en su caracter de Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas, ordenándole al Jefe del Ejército retirar los cuadros de los genocidas Videla y Bignone. Pidiendo perdón en nombre del Estado argentino por primera vez en veinte años por los crímenes de lesa humanidad cometidos durante la dictadura.
Y siguió luego con las políticas de desendeudamiento, para quitarse de encima el lastre del Fondo Monetario Internacional, que durante la década del noventa y principios de la del 2000 venía a dictar las políticas de ajuste. Fue eso y también comenzar a andar un camino junto a los gobiernos de Latinoamérica. En aquella Cumbre de las Américas de Mar del Plata del año 2005 cuando se le plantó, junto a Chávez y Lula, al entonces presidente de Estados Unidos, George W. Bush, que venía dispuesto a firmar el ALCA, un plan de anexión al Imperio. Y pensar que durante mucho tiempo nos quisieron hacer creer que no teníamos nada que ver con los pueblos hermanos del continente, con quienes nos une no solo el idioma, sino también lazos culturales, comerciales e identitarios. Ahí está la Unión de Naciones Sudamericanas (UNASUR) que Kirchner presidía al momento de su muerte y que jugó un papel fundamental para frustrar el reciente intento de golpe en Ecuador.
Concluido el período de Kirchner, vino Cristina, con el famoso conflicto con el campo al inicio de su gobierno y la pelea con el Grupo Clarín. Demostrando que no les temblaba el pulso para hacer frente a las corporaciones que durante décadas marcaron la agenda en este país, siempre para beneficio propio. La reestatización de las jubilaciones, la Ley de Medios y la asignación universal por hijo, entre otras medidas, cuando todos creían que estaban en retirada. Y el proyecto de un país distinto. Con un fuerte respaldo a la ciencia y al desarrollo tecnológico. Con políticas de Estado por las cuales deberá esperarse un tiempo, pero que seguro empezarán a dar sus resultados. Esta su herencia, una Presidenta con el coraje para seguir adelante con el proceso iniciado. Y un pueblo que la va apoyar y defender cuando sea necesario.
Siete años le bastaron a Néstor para dejar una huella profunda en la política argentina. Sin dudas, la historia lo va a recordar como un gran estadista. Muchos le van a agradecer haberles devuelto la esperanza, las ganas de empezar o de volver a creer en la política como una herramienta de transformación social. Aún falta mucho por hacer. Muchas personas siguen viviendo en este suelo con las necesidades básicas insatisfechas. Pero existe el convencimiento de que se está en el camino correcto, ese que empezamos a andar de la mano de un flaco medio tuerto que vino del sur en mocasines y con el saco cruzado.