lunes, 26 de octubre de 2009

ESTIGMATIZACIONES


Los medios de comunicación, se sabe, manejan poder. Informan pero también se encargan de ensalzar o desacreditar a determinada institución, entidad, persona o grupo de personas. En medio del debate por la finalmente sancionada Ley de Medios, se han escuchado muchas cosas que suenan a incoherencias fundamentalmente del lado de quienes se oponían a modificar una ley anacrónica y cuyo origen se remonta a la última dictadura militar. Que esta es una ley mordaza, de control de medios. Que el gobierno quiere dominar los medios para perpetuarse en el poder. Que quieren hacer de Argentina lo mismo que Chávez con Venezuela. Que corre riesgo la libertad de expresión, que blablabla…

Aquellos que hablan de libertad de expresión son los mismos que en los últimos días han encarado una campaña asquerosa de demonización de las organizaciones sociales a partir de un hecho repudiable como el escrache que sufrió el senador radical Morales (también el diputado del Frente Para la Victoria Agustín Rossi sufrió un hecho similar el año pasado, pero como los huevos provenían de productores y chacareros no tuvieron la misma repercusión). Sin que se les mueva un pelo se ha hablado de grupos de choque del kirchnerismo, que andan en el narcotráfico, que están armados, que son la violencia de nuestra sociedad, que asistimos a una colombianización y que otras tantas barbaridades más. Y han gozado de la mayor libertad de expresión para decirlo y de un ejército de medios que amplifica estas versiones corriendo el riesgo de que esto se instale como una verdad para un sector de la sociedad proclive a creer sin análisis mediante, mucho de lo que se dice en la televisión, en la radio o se escribe en los diarios.

Esas organizaciones sociales han realizado y realizan un trabajo importantísimo que data desde finales de la década del noventa y que tuvo su momento más crítico durante la crisis de 2001. Se han encargado de cumplir una función tan elemental como la de garantizar el plato de comida para los más necesitados. Cuando la soga no apretaba tanto el cuello han dado un paso adelante en la organización y el empleo de sus integrantes. Pero nada de eso se ve reflejado en los grandes medios. Para estos son piqueteros malvados llenos de violencia. Piquetero. Ese es la palabra o el mote con el que estigmatizan. Más allá de que los militantes de organizaciones sociales se sientan orgullosos de serlo y de cortar una ruta si hace falta, jamás escuchamos hablar de boca de los grandes medios de los piqueteros del campo durante el conflicto por la resolución 125. Esos son productores, ruralistas, chacareros. Cortaban rutas si. Corría riesgo el abastecimiento también. Pero jamás serán piqueteros. Esa palabra estará reservada para otra clase de gente, que será piquetera para siempre, aunque haya pasado mucho tiempo desde la última vez que cortaron una ruta.

domingo, 25 de octubre de 2009

EL BOTE


Siguiendo con el curso literario que ha tomado nuestro blog en los últimos días, publlicamos aquí un microrelato que nos acerca la compañera Eliana Ibarra. Que lo disfruten:


EL BOTE


Por Eliana Ibarra


Su cara era como la de otros pibes que andan por la siesta, cortando el aire del verano, que recién empezaba, entre las calles de las ladrillerías.
Está dicho, el oeste de la ciudad, alberga todos los mundos y todas las circunstancias.
Había intentado llover ese día, frustrados nubarrones se alejaban dando paso a la brisa fresca que fecundaba el olor a tierra mojada de las cercanías.
En eso andaba yo, caminando por los senderitos de hormigón que se desarman, cuando en una de las cunetas de los desagües de Montecarlo y Barrio Nuevo, un gurisito de no más de un metro, se orillaba con su botecito de mitad de rueda, de tractor o camión.

Apenas si se había acumulado 30 cm. de agua, lo suficiente como para que el navegante tomara una rama, se aprovisionara con un pedazo de pan en la boca y se largara a la deriva.
El bote avanzaba apenas, pero siempre la salida se complica.

Desde mi perspectiva, el sendero por el que apoyaba mis pies, se volvió puerto y en un instante me encontré saludándolo, como sabiendo que podía llegar adonde el río o el mar fueran suyos.

lunes, 19 de octubre de 2009

UNA VALIJA DE COLORES



-Cuento-

Guillermo está acostado y lee. Su cuerpo, alargado y estirado, sobresale un poco de la cama. Le duele un poco la rodilla a causa de un choque con un delantero rival en el partido de la mañana. Es un pibe y ataja en la quinta división de Kimberley, pero ahora está leyendo una novela de un escritor que, como él, nació en Mar del Plata y hace unos meses tuvo la desgracia de morirse.

-Dicen que somos bolches ¿Bolches? ¿Cómo bolches? Pero si yo nunca me metí en política, siempre fui peronista.

Guillermo sonríe ante la frase de uno de los personajes. No entiende muy bien por qué, como tampoco termina de captar el significado de la palabra bolches. Le suena más a una ginebra que a cualquier otra cosa, pero la definición sobre el peronismo, sin entender demasiado, le resulta graciosa al menos. Continúa con la lectura hasta que escucha un grito que viene desde otro ambiente de la casa.

-Timbre Guillermoooo-. Es la voz de la madre, que le pide al chico que por favor atienda.

Guillermo marca con un señalador la página del libro por donde va y salta de la cama. Se dirige hasta la puerta que da a la calle, mira por la ventanita y un hombre de baja estatura, un poco pelado y con un bigote fino pregunta:

- ¿Quiñones?
- Si.

El hombre le entrega una caja bastante grande. Le pide una firma y número de documento. Y se marcha.

Guillermo mira el remitente de la caja. Viene de Buenos Aires, de parte de su tía Bety, la hermana de su padre. Sin preguntar si puede hacerlo, desarma el paquete y encuentra en el interior de la caja una valija de colores, de un tamaño mediano. Tiene una cubierta de tela cuadrillé, mezcla de rojo, naranja, amarillo, blanco, bordó. Parecida a la de esas camisas leñadoras que su madre le hacía poner cuando era más pibe para ir a la escuela en invierno y que a Guillermo nunca le habían gustado porque, al fin de cuentas, terminaban dandole calor. El chico levanta la valija y nota que no es tan pesada como parece. La abre y encuentra, primero que nada, una carta muy breve de su tía Bety.

-Querida familia -dice-, acá les mando una ropa en desuso que espero puedan aprovechar. Estuvimos haciendo limpieza de placard con los chicos. Es toda ropa en buenas condiciones como para que, si les gusta, la usen el nene y la nena. Espero que anden bien. Besos, espero verlos pronto, Bety.

- ¿Quién era?-, pregunta la madre.
- Una caja de la Tía Bety, con una valija-, explica el chico. -Nos manda ropa de los primos.
- Ayyy esta Bety, ya le tengo dicho que no hace falta, que ustedes tienen ropa de sobra.

Bety es la hermana de Roberto, el padre de Guillermo. Vive en Buenos Aires y tiene una posición económica un poco más holgada que la de la familia de Mar del Plata, que subsiste con el trabajo de repartidor de soda de Roberto. Por eso que las palabras de Claudia, la madre de Guillermo suenan más a una cuestión de orgullo que de realidad, dado que a los chicos la ropa mal no les venía.

- Agustinaaaaa-, Claudia tiene la costumbre de estirar la vocal final cuando pega el grito para llamar a alguno de sus hijos-. –Vení a ver la ropa que mandó tu tíaaaa…

Agustina es la hermana menor de Guillermo. Tiene catorce y en el último año ha pegado el estirón. Los chicos se probaron las ropas, bromearon sobre como les quedaban ciertos atuendos y descartaron lo que no iban a usar. Claudia lo acomodó de vuelta en la valija y le pidió a Guillermo que se lo llevara a Susana, la vecina de al lado, que también tiene hijos adolescentes.

Guillermo abrió la puerta y se cargó la valija de colores al hombro. Al salir se topó con un enano, conocido del barrio que le ofrecía curitas o alfileres para la madre. Guillermo le dijo que no, que por el momento no precisaban y el enano hizo un gesto de resignación. Tenía un peinado a dos aguas, con unos mechones lacios que le caían sobre la frente y llevaba puesta una remera con la inscripción “KISS”, en alusión al grupo de rock estadounidense.

El enano siguió su camino y Guillermo caminó los pocos pasos que lo separaban de la casa de la vecina, que justó venía del almacén de la esquina. El arquero de la quinta división del Club Kimberley depositó la valija en la entrada de la casa de Susana y le pegó un grito: -Acá hay ropa para los chicos, fijate si les gusta. Sino tirala-, dijo y volvió para su casa, pensando en retomar la novela de Soriano. Entró y encaró para su cuarto. Tomo el libro que había dejado en la mesita de luz y leyó una, dos, tres páginas. Estaba cansado y le seguía doliendo un poco la rodilla. Dejó el libro donde estaba y cerró los ojos. Pensó otra vez en esa compañera de curso que tanto le gustaba y se imaginó con la camisa negra que había heredado de uno de sus primos. Al instante se quedó dormido.

- Guillermoooooo. Guilleeeee -. El chico se despertó sobresaltado por los gritos de su madre.
- ¿Qué pasa ahora, mamá?-, dijo y tuvo ganas de agregar un insulto a la frase. Pero lo contuvo, un tanto resignado a un nuevo pedido de su madre.
- ¿Qué hiciste con la valija que mandó tu tía?
- Está en lo de Susana.
- Andá a buscarla. Que la voy a guardar por si viene y la necesita.
- ¿Ahora?
- No, mañana…¡¡¡Ahora!!! Claro que ahora-. Guillermo se resignó y fue hasta el baño. Luego de lavarse la cara, fue nuevamente a la casa de su vecina. Tocó el timbre y cuando salió Susana le preguntó por la valija de colores.
- La dejé en la calle. Pensé que era para descarte. Estaba bastante arruinada, aparte con ese cambalache de colores, quien la iba a querer…

Guillermo miró para las dos esquinas y salió caminando hacia la izquierda con la cabeza gacha y la mano derecha sobre el rostro. Tomándose un pómulo con el pulgar y el otro con el índice. En ese momento, pensó en el enano que le había querido vender las curitas y las alfileres. Sabía que vivía a una cuadra y media sobre la calle Olazábal. Caminó hasta la casa donde habitaba el pequeño hombrecito y al llegar observó movimiento en la puerta. El enano iba y venía con unos bolsos. También había una mujer de unos setenta años y otra un poco más joven. Las dos estaban conversando mientras el enano acomodaba los paquetes y los bolsos. Guillermo se paró enfrente de la casa y en ese momento vio al enano salir con la valija llena de colores, dejándola en el piso. Pensó en que para dejar contenta a su madre iba a tener que meterse en un lío. Tomó aire y habló dirigiéndose a la mujer y no al enano:

- Disculpe señora, pero esa valija es mía.
- ¿Qué decis pendejo? – le escupió el enano – Si yo la encontré en la calle.
- Si, estaba en la calle, pero se trata de un error, -dijo el chico escogiendo las palabras-. La valija, así como la ven, es mía y tiene un valor sentimental muy importante para mi familia -mintió el chico-. Así que si no les molesta, me la voy a llevar.
- ¿El qué te vas a llevar, arquerito de cuarta?
- De quinta, en todo caso-, corrigió Guillermo
- Bueno, chicos, no vamos a hacer tanto escándalo por una valija piojosa-, dijo la vieja mirándolo a Guillermo.
- No, pero yo quiero la valija. Y no es piojosa.
- Está bien, nene-, asintió la vieja y siguió conversando con su amiga. Guillermo se quedó en el lugar observando a la mujer, mientras esperaba que el enano vaciara el contenido de la valija y se la devolviera. La mujer, tenía el pelo teñido de un rojo bastante intenso. Una nariz suficiente como para no perderse ningún olor y un lunar en el cachete izquierdo. Llevaba puestas unas gafas en la punta de la gran nariz. Tenía cara de llamarse Choly o Yolanda. En realidad la mayoría de las viejas del barrio deberían llamarse así, pensó Guillermo y siguió a la espera de recuperar su preciada valija. Los minutos corrían y el enano no realizaba el trabajo que Guillermo esperaba. Un taxi que se acercaba por la calle Olazábal se detuvo al llegar a la casa. Desde adentro del auto y por la ventanilla se asomó otra vieja.

- ¡¡Teresita!! Vamos que perdemos el colectivo-, gritó.

Se llamaba Teresita. Nombre de vieja, concluyó el chico, mientras el enano se aprestaba a acomodar el equipaje en el baúl del auto, con la ayuda del chofer. Fueron acomodando uno por uno los bolsos y paquetes hasta que, para el final, quedó la valija de colores. El enano la tomó con las dos manos. Era un poquito más alto que el objeto en cuestión. Cuando se dirigía hacía el auto, Guillermo se le puso enfrente y lo tomó del cuello, también con las dos manos.

- O me devolvés la valija o te amasijo al gnomo-, dijo el arquero mirando en dirección a la vieja. No sabía muy bien el significado de la palabra amasijo, pero la había escuchado varias veces en boca de su padre y siempre le había gustado escucharla. Y ese, pensó, era el momento justo para empezar a usarla. El momento en que un chico de diecisiete años puede empezar a usar palabras que oyó en boca de su padre. El taxista, por su parte, se quedó atónito observando como el enano intentaba soltarse de las garras del joven mientras los pies le bailoteaban en el aire.
- Te lo amasijo, ¡eh! Te juro que te lo amasijo…
- Bueno, está bien-, concedió la vieja-. Tanto escándalo por una valija de mierda. Acá la tenés-, dijo mientras sacaba de adentro un montón de diarios y revistas viejas.

Solo en ese momento, Guillermo soltó al enano, cuyo rostro empezaba a tomar un color violáceo. Una vez que estuvo en el piso, el hombrecito dobló el dedo índice y se lo llevó a la boca para morderlo, mirando fijo al arquero, en un gesto que prometía venganza.
Guillermo tomó la valija y salió caminando en dirección a su casa, pensando en lo difícil que a veces puede resultar cumplir con un mandato familiar, con una de esos pedidos que hace una madre y un hijo no puede desoír.

Al llegar, la madre le preguntó porque había tardado tanto.
- Por nada, má, me encontré con un amigo. Acá tenés la valija.



jueves, 15 de octubre de 2009

DIOS NO EXISTE


Si algo hay que decir acerca de la angustiosa clasificación de la Selección argentina de fútbol al Mundial de Sudáfrica, es que se consiguió jugando muy mal al fútbol. No es necesario ser un entendido en la materia, para concluir que el equipo no encontró nunca un patrón de juego. Y de no haber sido por el milagroso gol de Palermo contra Perú, el peor equipo de la eliminatoria, los cuatro días que separaron al partido con los peruanos del de ayer contra la selección uruguaya hubieran transcurrido en un clima aún mucho más tenso que el que se vivió. Pero, el “optimista del gol” tuvo una aparición fantasmal en medio del diluvio y la posibilidad de que nuestro equipo se quedara sin chances aunque más no sea de jugar el repechaje contra un equipo centroamericano eran realmente pocas.

Pensando solamente en lo que sucede en el verde césped, el juego de la Selección de Maradona fue pobre desde sus inicios y en lugar de ir creciendo fue en disminución hasta llegar a este angustioso final, con una histórica goleada seis a uno en contra versus Bolivia en el camino. Si nos guíamos por la calidad, la cantidad y la cotización, es lógico que se le exija mucho más a este grupo de jugadores, que son figuras en algunos de los mejores equipos del mundo y no pueden repetir al ponerse la celeste y blanca. Pero eso se logra con una coherencia en el trabajo de todos los involucrados en el seleccionado. No solo de los que entran a la cancha. Messi es el mejor del mundo en un equipo como el Barcelona, que sigue una línea histórica de juego y en donde cada jugador sabe que es lo que debe hacer. Nadie le tira la pelota y le dice “toma y arreglate”. Y aquí, no hubo coherencia desde un principio, cuando se lo fue a buscar nuevamente a Basile, que ya había tenido su momento en la selección y terminó renunciado sin explicar porque se iba. Como tampoco se tuvo coherencia al designar a Diego Armando Maradona como entrenador del conjunto mayor, cuando la preferencia de la mayoría era por Carlos Bianchi, el Diego aparecía como el mimado de cierta empresa periodística que hoy lo defenestra y en una rápida movida mediática apareció calzándose el buzo de DT. Como no hubo coherencia cuando el actual DT advirtió que Juan Román Riquelme no le iba a servir jugando de tal o cual forma en lugar de esperar a conversarlo personalmente con el jugador. Tras cartón el 10 de Boca decidió marcharse sin que lo echaran. Como no la hubo cuando se tiró por la borda todo un trabajo hecho en selecciones juveniles so pretexto de darle la oportunidad a “los muchachos del 86”. Trabajo que, con José Pekerman a la cabeza, llevó al equipo albiceleste a conseguir cinco títulos mundiales en la categoría sub 20 en menos de quince años (recordemos que el sub 20 dirigido por “Checho” Batista ni siquiera clasificó al Mundial de Egipto).

Por eso, caerle hoy a Diego sería lo más sencillo. Más después de que el 10 mandara a los periodistas que lo habían criticado a hacerle una fellatio. Sin embargo, muchos de los mismos que hoy quisieran el linchamiento público, son los que hablaban del equipo de Dios, la era de Dios, la selección de Dios o cuanta referencia a la presencia omnipotente del entrenador argentina se les ocurriera y que, casualmente, se dieron vuelta cuando empezaron a percibir que un negocio millonario como lo es la selección argentina clasificándose al Mundial corría el riesgo de truncarse por el obrar de aquel al que llamaban Dios. Y que de tantas veces que le dijeron que lo era, terminó creyéndoselo.

martes, 6 de octubre de 2009

SE FUE MERCEDES. NACIÓ UN MITO


Por razones que no vienen al caso comentar, el autor se llamó a silencio durante algunos días. En este tiempo pasaron varias cosas que merecerían uno o más párrafos, pero para no aburrir o quizás por vagancia, nos detendremos en una sola, que es, a entender del que suscribe lo más importante que pasó en los últimos días. En la madrugada del último domingo se fue de la vida la Negra Mercedes Sosa, la cantora popular más grande que haya pisado esta, Nuestra Tierra.

Había nacido un 9 de julio de 1935 en Tucumán (todo un símbolo de lo que iba a representar para la Argentina). Su voz supo interpretar como nadie las canciones más bellas. Era cautivante como pocas. Y así fue reconocida no solo en el país sino en el mundo entero. Basta una recorrida por los medios digitales de los lugares más recónditos y lejanos del planeta una vez conocida la triste noticia de su muerte, para darse una idea de la enorme dimensión de su figura.

Además de poseer una voz profundamente hermosa, Mercedes se había afiliado al Partido Comunista en la década del cincuenta y decía lo que pensaba a través de sus canciones. Esto le valió la persecución política en la década del setenta, teniendo que exiliarse en Paris, primero y en Madrid, después. A su regreso, en 1982, el público reventó el Teatro Opera para volver a verla.

Fue una presencia maternal para una gran cantidad de artistas a los que amadrinó y no tuvo pudor en cantar con ellos o interpretar sus canciones. Desde Víctor Heredia hasta León Gieco, pasando por Charly García y Fito Paéz, por nombrar solo algunos.
Cuando en la madrugada del domingo 4 de octubre, las radios y los canales de televisión anunciaron que se había ido, los homenajes hacia su figura no paran de sucederse. A veces, es condición para convertirse en un mito, tener una muerte temprana y trágica. A diferencia de otros mitos argentinos, como lo pueden ser Gardel, Evita o el Che Guevara, a Mercedes no le hizo falta morirse joven para ingresar en esa categoría. Era una leyenda viviente y ahora que ingresa en el Olimpo de los Dioses, el mito de Mercedes Sosa crecerá hasta niveles insospechados. Ahora que ya no está, los argentinos no tenemos ni la más remota idea aún, de cuanto la extrañaremos.