lunes, 19 de octubre de 2009

UNA VALIJA DE COLORES



-Cuento-

Guillermo está acostado y lee. Su cuerpo, alargado y estirado, sobresale un poco de la cama. Le duele un poco la rodilla a causa de un choque con un delantero rival en el partido de la mañana. Es un pibe y ataja en la quinta división de Kimberley, pero ahora está leyendo una novela de un escritor que, como él, nació en Mar del Plata y hace unos meses tuvo la desgracia de morirse.

-Dicen que somos bolches ¿Bolches? ¿Cómo bolches? Pero si yo nunca me metí en política, siempre fui peronista.

Guillermo sonríe ante la frase de uno de los personajes. No entiende muy bien por qué, como tampoco termina de captar el significado de la palabra bolches. Le suena más a una ginebra que a cualquier otra cosa, pero la definición sobre el peronismo, sin entender demasiado, le resulta graciosa al menos. Continúa con la lectura hasta que escucha un grito que viene desde otro ambiente de la casa.

-Timbre Guillermoooo-. Es la voz de la madre, que le pide al chico que por favor atienda.

Guillermo marca con un señalador la página del libro por donde va y salta de la cama. Se dirige hasta la puerta que da a la calle, mira por la ventanita y un hombre de baja estatura, un poco pelado y con un bigote fino pregunta:

- ¿Quiñones?
- Si.

El hombre le entrega una caja bastante grande. Le pide una firma y número de documento. Y se marcha.

Guillermo mira el remitente de la caja. Viene de Buenos Aires, de parte de su tía Bety, la hermana de su padre. Sin preguntar si puede hacerlo, desarma el paquete y encuentra en el interior de la caja una valija de colores, de un tamaño mediano. Tiene una cubierta de tela cuadrillé, mezcla de rojo, naranja, amarillo, blanco, bordó. Parecida a la de esas camisas leñadoras que su madre le hacía poner cuando era más pibe para ir a la escuela en invierno y que a Guillermo nunca le habían gustado porque, al fin de cuentas, terminaban dandole calor. El chico levanta la valija y nota que no es tan pesada como parece. La abre y encuentra, primero que nada, una carta muy breve de su tía Bety.

-Querida familia -dice-, acá les mando una ropa en desuso que espero puedan aprovechar. Estuvimos haciendo limpieza de placard con los chicos. Es toda ropa en buenas condiciones como para que, si les gusta, la usen el nene y la nena. Espero que anden bien. Besos, espero verlos pronto, Bety.

- ¿Quién era?-, pregunta la madre.
- Una caja de la Tía Bety, con una valija-, explica el chico. -Nos manda ropa de los primos.
- Ayyy esta Bety, ya le tengo dicho que no hace falta, que ustedes tienen ropa de sobra.

Bety es la hermana de Roberto, el padre de Guillermo. Vive en Buenos Aires y tiene una posición económica un poco más holgada que la de la familia de Mar del Plata, que subsiste con el trabajo de repartidor de soda de Roberto. Por eso que las palabras de Claudia, la madre de Guillermo suenan más a una cuestión de orgullo que de realidad, dado que a los chicos la ropa mal no les venía.

- Agustinaaaaa-, Claudia tiene la costumbre de estirar la vocal final cuando pega el grito para llamar a alguno de sus hijos-. –Vení a ver la ropa que mandó tu tíaaaa…

Agustina es la hermana menor de Guillermo. Tiene catorce y en el último año ha pegado el estirón. Los chicos se probaron las ropas, bromearon sobre como les quedaban ciertos atuendos y descartaron lo que no iban a usar. Claudia lo acomodó de vuelta en la valija y le pidió a Guillermo que se lo llevara a Susana, la vecina de al lado, que también tiene hijos adolescentes.

Guillermo abrió la puerta y se cargó la valija de colores al hombro. Al salir se topó con un enano, conocido del barrio que le ofrecía curitas o alfileres para la madre. Guillermo le dijo que no, que por el momento no precisaban y el enano hizo un gesto de resignación. Tenía un peinado a dos aguas, con unos mechones lacios que le caían sobre la frente y llevaba puesta una remera con la inscripción “KISS”, en alusión al grupo de rock estadounidense.

El enano siguió su camino y Guillermo caminó los pocos pasos que lo separaban de la casa de la vecina, que justó venía del almacén de la esquina. El arquero de la quinta división del Club Kimberley depositó la valija en la entrada de la casa de Susana y le pegó un grito: -Acá hay ropa para los chicos, fijate si les gusta. Sino tirala-, dijo y volvió para su casa, pensando en retomar la novela de Soriano. Entró y encaró para su cuarto. Tomo el libro que había dejado en la mesita de luz y leyó una, dos, tres páginas. Estaba cansado y le seguía doliendo un poco la rodilla. Dejó el libro donde estaba y cerró los ojos. Pensó otra vez en esa compañera de curso que tanto le gustaba y se imaginó con la camisa negra que había heredado de uno de sus primos. Al instante se quedó dormido.

- Guillermoooooo. Guilleeeee -. El chico se despertó sobresaltado por los gritos de su madre.
- ¿Qué pasa ahora, mamá?-, dijo y tuvo ganas de agregar un insulto a la frase. Pero lo contuvo, un tanto resignado a un nuevo pedido de su madre.
- ¿Qué hiciste con la valija que mandó tu tía?
- Está en lo de Susana.
- Andá a buscarla. Que la voy a guardar por si viene y la necesita.
- ¿Ahora?
- No, mañana…¡¡¡Ahora!!! Claro que ahora-. Guillermo se resignó y fue hasta el baño. Luego de lavarse la cara, fue nuevamente a la casa de su vecina. Tocó el timbre y cuando salió Susana le preguntó por la valija de colores.
- La dejé en la calle. Pensé que era para descarte. Estaba bastante arruinada, aparte con ese cambalache de colores, quien la iba a querer…

Guillermo miró para las dos esquinas y salió caminando hacia la izquierda con la cabeza gacha y la mano derecha sobre el rostro. Tomándose un pómulo con el pulgar y el otro con el índice. En ese momento, pensó en el enano que le había querido vender las curitas y las alfileres. Sabía que vivía a una cuadra y media sobre la calle Olazábal. Caminó hasta la casa donde habitaba el pequeño hombrecito y al llegar observó movimiento en la puerta. El enano iba y venía con unos bolsos. También había una mujer de unos setenta años y otra un poco más joven. Las dos estaban conversando mientras el enano acomodaba los paquetes y los bolsos. Guillermo se paró enfrente de la casa y en ese momento vio al enano salir con la valija llena de colores, dejándola en el piso. Pensó en que para dejar contenta a su madre iba a tener que meterse en un lío. Tomó aire y habló dirigiéndose a la mujer y no al enano:

- Disculpe señora, pero esa valija es mía.
- ¿Qué decis pendejo? – le escupió el enano – Si yo la encontré en la calle.
- Si, estaba en la calle, pero se trata de un error, -dijo el chico escogiendo las palabras-. La valija, así como la ven, es mía y tiene un valor sentimental muy importante para mi familia -mintió el chico-. Así que si no les molesta, me la voy a llevar.
- ¿El qué te vas a llevar, arquerito de cuarta?
- De quinta, en todo caso-, corrigió Guillermo
- Bueno, chicos, no vamos a hacer tanto escándalo por una valija piojosa-, dijo la vieja mirándolo a Guillermo.
- No, pero yo quiero la valija. Y no es piojosa.
- Está bien, nene-, asintió la vieja y siguió conversando con su amiga. Guillermo se quedó en el lugar observando a la mujer, mientras esperaba que el enano vaciara el contenido de la valija y se la devolviera. La mujer, tenía el pelo teñido de un rojo bastante intenso. Una nariz suficiente como para no perderse ningún olor y un lunar en el cachete izquierdo. Llevaba puestas unas gafas en la punta de la gran nariz. Tenía cara de llamarse Choly o Yolanda. En realidad la mayoría de las viejas del barrio deberían llamarse así, pensó Guillermo y siguió a la espera de recuperar su preciada valija. Los minutos corrían y el enano no realizaba el trabajo que Guillermo esperaba. Un taxi que se acercaba por la calle Olazábal se detuvo al llegar a la casa. Desde adentro del auto y por la ventanilla se asomó otra vieja.

- ¡¡Teresita!! Vamos que perdemos el colectivo-, gritó.

Se llamaba Teresita. Nombre de vieja, concluyó el chico, mientras el enano se aprestaba a acomodar el equipaje en el baúl del auto, con la ayuda del chofer. Fueron acomodando uno por uno los bolsos y paquetes hasta que, para el final, quedó la valija de colores. El enano la tomó con las dos manos. Era un poquito más alto que el objeto en cuestión. Cuando se dirigía hacía el auto, Guillermo se le puso enfrente y lo tomó del cuello, también con las dos manos.

- O me devolvés la valija o te amasijo al gnomo-, dijo el arquero mirando en dirección a la vieja. No sabía muy bien el significado de la palabra amasijo, pero la había escuchado varias veces en boca de su padre y siempre le había gustado escucharla. Y ese, pensó, era el momento justo para empezar a usarla. El momento en que un chico de diecisiete años puede empezar a usar palabras que oyó en boca de su padre. El taxista, por su parte, se quedó atónito observando como el enano intentaba soltarse de las garras del joven mientras los pies le bailoteaban en el aire.
- Te lo amasijo, ¡eh! Te juro que te lo amasijo…
- Bueno, está bien-, concedió la vieja-. Tanto escándalo por una valija de mierda. Acá la tenés-, dijo mientras sacaba de adentro un montón de diarios y revistas viejas.

Solo en ese momento, Guillermo soltó al enano, cuyo rostro empezaba a tomar un color violáceo. Una vez que estuvo en el piso, el hombrecito dobló el dedo índice y se lo llevó a la boca para morderlo, mirando fijo al arquero, en un gesto que prometía venganza.
Guillermo tomó la valija y salió caminando en dirección a su casa, pensando en lo difícil que a veces puede resultar cumplir con un mandato familiar, con una de esos pedidos que hace una madre y un hijo no puede desoír.

Al llegar, la madre le preguntó porque había tardado tanto.
- Por nada, má, me encontré con un amigo. Acá tenés la valija.



No hay comentarios: