jueves, 26 de agosto de 2010

La Soledad es como un penal errado


Cuando era un niño y Boca no ganaba campeonatos tuve mi primera experiencia con la soledad. Transcurría el año 1991 y el equipo de la ribera había hecho una excelente campaña, quedándose con el torneo Clausura, justo diez años después de la última gesta victoriosa de la mano de Diego Armando Maradona. Yo era lo que se dice un fanático del fútbol, al punto de llorar si Boca perdía, así fuere con River o con Unión de Santa Fe. Pero en ese año 1991, por fin la mano había cambiado y pude disfrutar con los goles de Batistuta o las gambetas de Latorre. Era un equipazo, atajaba Navarro Montoya, el cinco era Giunta y el técnico el maestro Tabárez.

El equipo ganó invicto ese campeonato, pero para terminar de consolidarse como campeón debía enfrentarse a un desempate con el ganador del Apertura. Que era ni más ni menos que el Newell´s de Marcelo Bielsa. Luego de semejante producción, todos confiaban en una sencilla victoria para Boca. Pero algo habría de conspirar contra las aspiraciones de la mitad más uno. Ese mismo año, se jugaba la Copa América y el entrenador de la selección argentina había decidido citar a las dos grandes figuras que habíamos tenido en el torneo: Gabriel Batistuta y Diego Latorre. Batman y Robin. El ancho de espadas. Y el de basto también.

Recuerdo que hubo algunas protestas e intentos de negativa por parte de la dirigencia, pero con el argumento de que a Newell´s también le sacaban jugadores, hubo que tragarse el sapo. Y para reemplazarlos se recurrió de apuro a un ignoto delantero brasileño y a la “Vieja” Reinoso, un buen número diez que había pasado por Independiente, pero que ni por asomo tenía el nivel que había mostrado “gambetita” Latorre.

Así las cosas, Boca viajó a Rosario para jugar el primer partido. Perdimos uno a cero con gol de Berizzo, pero había que jugar la vuelta en una Bombonera que estaría repleta. Todavía, los pronósticos favorecían al equipo del Maestro Tábarez. El partido fue trabado e intenso como toda final, con el condimento del barro producto de la lluvia. Pasaban los minutos y el gol no llegaba. Hasta que la Vieja Reinoso, ese que habían ido a buscar para reemplazar a Latorre, agarró un rebote en el área y la mandó a guardar. El otro, el brasilero, vino de paseo a Buenos Aires. Supongo que se habrá sacado fotos en “Caminito” o se habrá clavado un bife en “Chiquilín”, pero de jugar al fútbol, poco y nada. Con el uno a cero final hubo que ir a los penales y el desenlace no pudo ser peor. La victoria fue para los rosarinos. Todavía recuerdo el último penal de Walter Pico, “Piquito”, estallando como una bomba contra el travesaño. Y contra mi corazón azul y oro.

A partir de ese momento me invadió la furia, el desasosiego. Lloré, insulté a los cuatro vientos, maldije a cada uno de esos jugadores vestidos de rojo y negro que habían tenido la osadía de arrebatarle el título a mi equipo. Preso ya del desenfreno y la ira, arremetí contra uno de los sillones del living de mi casa. Como si fuera a ejecutar nuevamente el último penal que “Piquito” había reventado contra el travesaño, le di un puntinazo al sofá. Esa fue la gota que rebasó el vaso y la paciencia de mi padre, que me tomó de un brazo y me encaminó hacia el baño, para comprobar empíricamente si el agua fría de la ducha podía calmar aquella ira.

Luego de la refrescada, fui convidado a reflexionar en mi habitación. La bronca seguía, quería enterrarme en un pozo y no salir hasta que comenzara el campeonato siguiente. No podía imaginar con que cara me iba a presentar en la escuela el lunes. Al rato, en un acto de condescendencia, mi madre me invitó a tomar un té con alguna frase de ocasión al estilo de “ya está, es sólo un partido fútbol.” ¿Sólo un partido de fútbol?, pensé. Tuve ganas de decirle que ese partido de fútbol era todo en ese momento, la razón de mi existencia, quizás. Todavía con lágrimas en los ojos le respondí que no quería un té y que me dejarán solo. Solo con mi soledad. Textuales palabras. Dicen que el jugador de fútbol también se siente muy solo cuando camina esos treinta metros que lo separan del medio campo al punto del penal en una definición de ese tipo, con lo cual supongo que Piquito, habrá experimentado una sensación parecida a la mia.

Tiempo después empecé a recordar con mucho humor esa historia. Y comprendí que si, que era solo un partido de fútbol y que poco podía hacer para cambiar un resultado sentado cómodamente en el sillón de mi casa. La vida está compuesta por definiciones por penales en las que uno mete goles, pega la pelota en el palo o la tira a la tercer bandeja. Con los años volví a sentirme solo cuando me llevé por enésima vez matemática a marzo, se terminó algún noviazgo, se fue un ser querido o me quedé sin trabajo, pero sigo sin poder comprender como ese penal de Piquito se estrelló contra el travesaño.

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