
A los seis años hacía mis primeros dibujos en la escuela. Iba a la primaria número 16, que quedaba a unas pocas cuadras de mi casa y ya en esos primeros garabatos se veía que las artes plásticas no iban a ser lo mío. Por más empeño que le pusiera, mis dibujos nunca fueron de los más destacados de la clase. Ni que hablar cuando quería mejorarlos con algún detalle, punzón en mano, de papel glasé. Jamás sería lo que se dice un dibujante afamado, pero como todo niño de esa edad intentaba hacer algo para ganar algún elogio, que siempre venía del lado de mi abuela. Cada vez que yo me acercaba con alguna de mis manualidades ella dejaba de lado lo que estaba haciendo, observaba detenidamente la pieza en exhibición y respondía, categóricamente, con un "aaaaaaa, ¡¡¡qué heeeerrrrmoooso nene!!!" Y luego me daba un beso en la frente, felicitándome. Con eso lograba que yo me ruborizara y tuviera ganas de tributarle tímidamente mi pequeña y precaria obra de arte, que ella guardaría en alguno de sus cajones para que se mezclara con otros dibujos de mi hermana o mis primos, seguramente mejores que los míos.
Era el tiempo en que la Argentina todavía transitaba la "primavera alfonsinista”, que había llegado a fines de 1983 luego de casi ocho años de dictadura. Dos años más tarde se había juzgado a las cúpulas militares. Videla, Massera y compañía, condenados a pasar el resto de su vida a la sombra. Las alegrías venían por el lado del fútbol, con un Maradona que esquivaba ingleses como postes en su camino hacia levantar la Copa en el Mundial de México y, de alguna manera, reivindicaba a los colimbas que la dictadura había mandado al muere cuatro años antes, cuando la guerra de Malvinas. Parecía que el país lo tenía todo para levantarse después de la caída. Campeones en fútbol y en el juzgamiento de los criminales. Pero la ilusión duró poco. El gobierno radical no pudo, no supo o no quiso seguir adelante y a ese juicio histórico le siguieron las leyes de Obediencia Debida y Punto Final, pasaporte a la impunidad para los autores del genocidio argentino. Y las heridas abiertas eran muy profundas como para cicatrizar sin justicia.
Los chicos de primer grado de la Escuela dieciséis, que habíamos nacido en plena dictadura, vivíamos en un mundo ajeno a ese que íbamos a conocer años más tarde. Con madres que buscaban a sus hijos y abuelas que pedían por sus nietos. No podíamos imaginar que mientras la mayoría de nosotros había nacido en una clínica o un hospital, teníamos compañeros en esa u otra escuela que habían nacido en la Escuela de Mecánica de la Armada o en Campo de Mayo y que ahí mismo los habían arrancado de los brazos de sus madres para entregarlos como botín de guerra.
Videla, un general argentino que regó la nación con la sangre de los 30.000 desaparecidos, en un genocidio perpetrado junto a los sectores más reaccionarios de la sociedad para sentar, mediante el terror, las bases de un proyecto económico para unos pocos. Un militar que tiene su lugar en el infierno de nuestra historia.
Esa historia que empezábamos a conocer cuando la maestra de primer grado nos contaba por primera vez sobre la grandeza de otro general argentino: San Martín. Que había luchado por la independencia y soñó junto a Bolívar con la Patria Grande, en donde los países de la América Latina caminaran de la mano. Y que se había ido a morir lejos, en Francia, porque no podía volver para ver como se derramaba la sangre entre hermanos. Recuerdo como recortaba las figuritas del “Santo de la Espada”, que venían en Billiken o Anteojito, me enchastraba con plasticola y las pegaba en el cuaderno Rivadavia. Cuando llegaba a mi casa, todavía con el guardapolvo puesto, le mostraba el trabajo a mi abuela, que coronaba la tarea con un “heeermoooso, nene”, me daba un beso en la frente y un austral para que me comprara caramelos.
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