
Siempre hubo una pregunta para la que no tuve respuestas. Cuando era pibe y vivía mis primeros amores pasajeros, había un momento, por lo general después de un instante de intimidad, en el cual era interrogado acerca de mis sentimientos. “¿En qué pensás? o ¿qué sentís?” eran las preguntas favoritas de mis acompañantes. Pregunta incómoda si las hay. Y no se trata de que uno no tenga sentimientos. Pero para qué agregar palabras cuando está todo dicho. O cuando, sinceramente, uno no está pensando en nada concreto o que tenga que ver con lo que la interlocutora quiera escuchar.
Las primeras veces, sorprendido ante la requisitoria, contestaba con evasivas, al estilo de “no es que no piense en nada, pero este ha sido tan buen momento que no tendría sentido que yo lo arruine con mis pensamientos”, para luego terminar la frase con un beso y rápidamente llevar la conversación a otro tema. Muchas veces me vi contestando con frases de compromiso y falso romanticismo para salir del paso. “Pienso que soy alguien muy afortunado por tenerte a mi lado” o “no merezco esto que me está pasando.” Pero una noche, harto de hacerme el poeta, pensé en contestar con una respuesta original, algo que descolocara a mi novia de entonces. Fue así que ante el habitual -¿en qué pensás?-, dije que estaba tratando de recordar la formación del Racing campeón del mundo de 1967 y de memoria recité: “Cejas; Perfumo y Chabay; Martín, Rulli y Basile; Cardoso, Maschio, Cárdenas, Rodríguez y Raffo. ¡Qué equipazo!” Mi novia pensó que estaba loco o que era un pelotudo. Creo que aquella se inclinó, no muy alejada de la realidad, por la segunda opción.
Así fui ensayando nuevas respuestas, intentando perfeccionar mi técnica. Una vez, otra de mis novias me inquirió “-¿Por qué estás callado, en qué pensás?-.” Mi respuesta fue que estaba pensando en “como podía haber sido posible que en aquel año 1951 el General Perón se dejara engañar por el científico alemán Ronald Richter -quien se había instalado tiempo antes en la Isla Huemul con el propósito de producir energía atómica- y anunciara muy suelto de cuerpo al mundo que la Argentina era pionera en esa materia, cuando en realidad el alemán no había obtenido ningún resultado en concreto.” Mi novia me recorrió de arriba abajo con la mirada, se levantó el flequillo con un soplido y me largó un categórico: “-Forro-.” A lo cual contesté que todavía lo tenía puesto y que sería mejor que lo depositara en el cesto de residuos, para más adelante agregar que “de todos modos el General había admitido el fracaso y eso sentó las bases para dejar en marcha la Comisión Nacional de Energía Atómica.” Ella, que no era una chica interesada por la historia y los procesos políticos, mucho menos por el desarrollo nuclear, me definió con tres palabras: “-Sos un boludo-.”
Por un tiempo seguí dando respuestas insólitas, superándome hasta llegar a lugares inusitados. En una época, quizás influenciado por el ingreso a la Universidad, comencé a pronunciar acalorados discursos. “-Ahora estoy pensando en la historia común de los pueblos de la América Latina. Una historia que nos habla de la opresión. Ayer la corona española, hoy el imperialismo yanqui–”, decía levantando el dedo índice a la altura de la sien y con un forzado acento caribeño al estilo cubano. Algunas me miraban con respeto y hasta diría que con admiración. “-¡Ha llegado la hora de romper nuestras cadenas, la hora de los pueblos de América!-”, exclamaba a los gritos, con el puño izquierdo hacia arriba y la mano derecha sosteniendo la sábana que tapaba mis partes pudendas. Aunque no faltó ocasión en la que me viera decepcionado por la efectividad de mi discurso. Una vez me encontré con una joven, que me confesó que se había interesado por la política a través mio, que me contó que estaba con ganas de “hacer algo desde adentro” y que para eso había hablado con una prima que le había conseguido una solicitud, que tenía que llenar como si fuera el formulario de una agencia de empleo, para comenzar a militar en la Juventud del PRO. Estuve varios días preguntándome en qué habría fallado.
Y así pasaron los años, llegó alguna relación estable, en la cual todas mis respuestas ya eran conocidas. Idas, venidas. Mujeres que llegaron y se fueron tan rápido como los presidentes de diciembre de 2001. Hasta que sucedió algo que me pondría nuevamente a prueba, en el momento menos esperado.
Recuerdo que tomaba un trago en un bar, seguramente intentando teorizar sobre el proceso político en curso, cuando por la puerta vi ingresar a una morocha. El cabello largo y un flequillo que le surcaba la frente, tapando una parte de su rostro. Era una noche fría y ella, desafiante, llevaba puesto un saco largo que cuando se lo quitó dejó ver sus piernas blancas, que parecían suaves. El escote me desviaba los ojos y su sonrisa era algo que no podía pasar inadvertido. Empecé a ponerme nervioso, pensando en como hacer para acercarme a ella.
Como un tonto, me arrimé con una excusa más tonta aún. Hice un mal chiste y ella se rió por compromiso. Afortunadamente, tuve dos o tres frases que llamaron su atención, la conversación siguió en buen tono y así estuvimos por un rato. Sinceramente ella me agradó y me hizo reflexionar acerca de las casualidades de la vida. Cómo es posible que cuando uno menos lo espera, estando en el lugar exacto y en el momento indicado, llega alguien que altera tus planes.
Así la fui conociendo, tan rápido como corrían las cervezas de aquella noche. Durante un tiempo todo fue muy lindo, tanto que me hacía sospechar que algo iba a ocurrir. Un día la noté inquieta. Daba vueltas en la cama y me miraba, como sin animarse a decir lo que finalmente diría. Fue en ese momento que me escuché haciendo la misma pregunta que tantas veces no había querido escuchar: “-¿Qué te pasa?-.” Hubo un silencio, la mirada perdida en el ventanal. “-¿En qué pensás?-”, insistí. “-¿Te puedo hacer una pregunta?-”, dijo ella mientras cubría sus senos, de una redondez y proporción casi perfectas, con la sábana. Ahí pensé, va a preguntarme en que pienso y tendré que ser absolutamente sincero esta vez. No voy a salir ahora con qué pienso en qué hubiera pasado si al General Perón lo hubieran matado en el 55 o si hubiese podido regresar al país en el 64. “–Si, preguntame, dale-”, contesté entusiasmado. “-¿Por qué cayó el Plan Austral?-.” Lo dijo así, sin ningún preludio, como una escupida que se estrella contra el parabrisas de un auto.
Mi primera reacción fue de sorpresa absoluta. Cuando por primera vez esperaba una pregunta que diera lugar al estado de mis sentimientos, para decir que estaba realmente enamorado, me vi interrogado acerca de un hecho político de nuestra historia reciente, que nunca había incluido en mi lista de temas para respuestas insólitas. “-Bueno, en verdad, la economía nunca fue mi fuerte-”, balbuceé al comienzo para después enredarme en una maraña de palabras como hiperinflación, saqueos, Alfonsín, convertibilidad, Menem y Cavallo, precedidos estos dos últimos del término atorrante o sinvergüenza.
Creo sin temor a equivocarme que mi respuesta no fue satisfactoria y ella tuvo que seguir indagando en otras fuentes para poder comprender el por qué del fracaso del plan económico del gobierno alfonsinista. Pero la experiencia siempre deja algo que se ha aprendido. Como si la vida fuese un juego de preguntas y respuestas ella preguntó y yo, sin argumentos, retrocedí un par de casilleros. Pero supe a partir de entonces que las mujeres que llegan a tu vida para dejarte sin respuestas, son aquellas por las que vale la pena jugarse un pleno.
Las primeras veces, sorprendido ante la requisitoria, contestaba con evasivas, al estilo de “no es que no piense en nada, pero este ha sido tan buen momento que no tendría sentido que yo lo arruine con mis pensamientos”, para luego terminar la frase con un beso y rápidamente llevar la conversación a otro tema. Muchas veces me vi contestando con frases de compromiso y falso romanticismo para salir del paso. “Pienso que soy alguien muy afortunado por tenerte a mi lado” o “no merezco esto que me está pasando.” Pero una noche, harto de hacerme el poeta, pensé en contestar con una respuesta original, algo que descolocara a mi novia de entonces. Fue así que ante el habitual -¿en qué pensás?-, dije que estaba tratando de recordar la formación del Racing campeón del mundo de 1967 y de memoria recité: “Cejas; Perfumo y Chabay; Martín, Rulli y Basile; Cardoso, Maschio, Cárdenas, Rodríguez y Raffo. ¡Qué equipazo!” Mi novia pensó que estaba loco o que era un pelotudo. Creo que aquella se inclinó, no muy alejada de la realidad, por la segunda opción.
Así fui ensayando nuevas respuestas, intentando perfeccionar mi técnica. Una vez, otra de mis novias me inquirió “-¿Por qué estás callado, en qué pensás?-.” Mi respuesta fue que estaba pensando en “como podía haber sido posible que en aquel año 1951 el General Perón se dejara engañar por el científico alemán Ronald Richter -quien se había instalado tiempo antes en la Isla Huemul con el propósito de producir energía atómica- y anunciara muy suelto de cuerpo al mundo que la Argentina era pionera en esa materia, cuando en realidad el alemán no había obtenido ningún resultado en concreto.” Mi novia me recorrió de arriba abajo con la mirada, se levantó el flequillo con un soplido y me largó un categórico: “-Forro-.” A lo cual contesté que todavía lo tenía puesto y que sería mejor que lo depositara en el cesto de residuos, para más adelante agregar que “de todos modos el General había admitido el fracaso y eso sentó las bases para dejar en marcha la Comisión Nacional de Energía Atómica.” Ella, que no era una chica interesada por la historia y los procesos políticos, mucho menos por el desarrollo nuclear, me definió con tres palabras: “-Sos un boludo-.”
Por un tiempo seguí dando respuestas insólitas, superándome hasta llegar a lugares inusitados. En una época, quizás influenciado por el ingreso a la Universidad, comencé a pronunciar acalorados discursos. “-Ahora estoy pensando en la historia común de los pueblos de la América Latina. Una historia que nos habla de la opresión. Ayer la corona española, hoy el imperialismo yanqui–”, decía levantando el dedo índice a la altura de la sien y con un forzado acento caribeño al estilo cubano. Algunas me miraban con respeto y hasta diría que con admiración. “-¡Ha llegado la hora de romper nuestras cadenas, la hora de los pueblos de América!-”, exclamaba a los gritos, con el puño izquierdo hacia arriba y la mano derecha sosteniendo la sábana que tapaba mis partes pudendas. Aunque no faltó ocasión en la que me viera decepcionado por la efectividad de mi discurso. Una vez me encontré con una joven, que me confesó que se había interesado por la política a través mio, que me contó que estaba con ganas de “hacer algo desde adentro” y que para eso había hablado con una prima que le había conseguido una solicitud, que tenía que llenar como si fuera el formulario de una agencia de empleo, para comenzar a militar en la Juventud del PRO. Estuve varios días preguntándome en qué habría fallado.
Y así pasaron los años, llegó alguna relación estable, en la cual todas mis respuestas ya eran conocidas. Idas, venidas. Mujeres que llegaron y se fueron tan rápido como los presidentes de diciembre de 2001. Hasta que sucedió algo que me pondría nuevamente a prueba, en el momento menos esperado.
Recuerdo que tomaba un trago en un bar, seguramente intentando teorizar sobre el proceso político en curso, cuando por la puerta vi ingresar a una morocha. El cabello largo y un flequillo que le surcaba la frente, tapando una parte de su rostro. Era una noche fría y ella, desafiante, llevaba puesto un saco largo que cuando se lo quitó dejó ver sus piernas blancas, que parecían suaves. El escote me desviaba los ojos y su sonrisa era algo que no podía pasar inadvertido. Empecé a ponerme nervioso, pensando en como hacer para acercarme a ella.
Como un tonto, me arrimé con una excusa más tonta aún. Hice un mal chiste y ella se rió por compromiso. Afortunadamente, tuve dos o tres frases que llamaron su atención, la conversación siguió en buen tono y así estuvimos por un rato. Sinceramente ella me agradó y me hizo reflexionar acerca de las casualidades de la vida. Cómo es posible que cuando uno menos lo espera, estando en el lugar exacto y en el momento indicado, llega alguien que altera tus planes.
Así la fui conociendo, tan rápido como corrían las cervezas de aquella noche. Durante un tiempo todo fue muy lindo, tanto que me hacía sospechar que algo iba a ocurrir. Un día la noté inquieta. Daba vueltas en la cama y me miraba, como sin animarse a decir lo que finalmente diría. Fue en ese momento que me escuché haciendo la misma pregunta que tantas veces no había querido escuchar: “-¿Qué te pasa?-.” Hubo un silencio, la mirada perdida en el ventanal. “-¿En qué pensás?-”, insistí. “-¿Te puedo hacer una pregunta?-”, dijo ella mientras cubría sus senos, de una redondez y proporción casi perfectas, con la sábana. Ahí pensé, va a preguntarme en que pienso y tendré que ser absolutamente sincero esta vez. No voy a salir ahora con qué pienso en qué hubiera pasado si al General Perón lo hubieran matado en el 55 o si hubiese podido regresar al país en el 64. “–Si, preguntame, dale-”, contesté entusiasmado. “-¿Por qué cayó el Plan Austral?-.” Lo dijo así, sin ningún preludio, como una escupida que se estrella contra el parabrisas de un auto.
Mi primera reacción fue de sorpresa absoluta. Cuando por primera vez esperaba una pregunta que diera lugar al estado de mis sentimientos, para decir que estaba realmente enamorado, me vi interrogado acerca de un hecho político de nuestra historia reciente, que nunca había incluido en mi lista de temas para respuestas insólitas. “-Bueno, en verdad, la economía nunca fue mi fuerte-”, balbuceé al comienzo para después enredarme en una maraña de palabras como hiperinflación, saqueos, Alfonsín, convertibilidad, Menem y Cavallo, precedidos estos dos últimos del término atorrante o sinvergüenza.
Creo sin temor a equivocarme que mi respuesta no fue satisfactoria y ella tuvo que seguir indagando en otras fuentes para poder comprender el por qué del fracaso del plan económico del gobierno alfonsinista. Pero la experiencia siempre deja algo que se ha aprendido. Como si la vida fuese un juego de preguntas y respuestas ella preguntó y yo, sin argumentos, retrocedí un par de casilleros. Pero supe a partir de entonces que las mujeres que llegan a tu vida para dejarte sin respuestas, son aquellas por las que vale la pena jugarse un pleno.
1 comentario:
Me rei mucho!! no podes!! jajaja...
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