Es un mundo extraño el de los sueños. No estoy hablando de sueños en el terreno de las utopías o de cosas que a simple vista parecen poco probables. Como una sociedad sin injusticias, lograr la paz mundial, que se acaben los muertos de hambre o que San Lorenzo gane alguna vez la Copa Libertadores. De lo que hablo es de los sueños, en el sentido más literal, los que ocurren cuando apoyamos la cabeza en la almohada.
Cuando era chico, me dormía pensando en una Bombonera llena de gente. Banderas azules y amarillas por los cuatro costados. La multitud saltando, cantando enardecida y un locutor que anunciaba la formación de Boca en un clásico contra River del año 1989: Navarro Montoya, Stafuza, Simón, Marchesini y Cucciuffo; Giunta, Marangoni, Ponce y Latorre, Graciani y Esteban Tedesco.
Después de eso, la hinchada coreaba mi nombre y empezaba el partido. Una final del campeonato, partido duro, mal jugado pero intenso. De pierna fuerte. La gente se volvía loca cada vez que Giunta trababa una pelota. Iban 43 minutos del segundo tiempo y el partido se moría en un empate sin goles. El murciélago Graciani tomaba una pelota tras pase de gambetita Latorre, se iba por la derecha, metía el desborde y me veía venir por el medio del área. Yo le marcaba el centro como para que me tirara la pelota a media altura para conectarla de cabeza, tirándome en palomita. Pero el murciélago –que era bueno, aunque nunca fue un tipo marquetinero como ese Cristiano Ronaldo de ahora o Beckham, por algo le decían murciélago- se pasaba con el centro y yo, al ver que la pelota me quedaba atrás ensayaba una media chilena en el borde del área chica y la clavaba en el ángulo. Gol, campeonato y la Bombonera que deliraba de felicidad. Yo corría a abrazar al autor del centro y el murciélago me pedía disculpas por lo pasado del envío. Le decía que no importaba, que yo nunca hubiera sido el goleador que era si no lo hubiera tenido a él de asistidor. Y después llegaban Latorre, el Bocha Ponce, Marangoni…Una montaña humana de alegría. La que me sacaba de ese sueño de goles de media chilena y vueltas olímpicas era mi abuela que me decía que me levantara porque era una mañana peronista y si seguía durmiendo terminaría por sacarle cría a las cobijas. Esa era la señal de que mi tiempo en la cama se había terminado y con él, también mis minutos como jugador de la Primera de Boca. Volvía a ser el niño que iba de guardapolvo blanco a la escuela número dieciséis de Mar del Plata, donde los partidos se armaban en los recreos en el patio y se jugaba con una piedra o una chapita de gaseosa, esquivando la piernas de las chicas que pasaban esos quince minutos jugando al elástico o a la rayuela.
Con los años, los sueños van cambiando. Lejos de las canchas, en la adolescencia se sueña con esa chica que se sienta en el último banco del curso. En esos sueños yo era todo un valiente y me animaba a hablarle y decirle que me gustaba. Ella se reía, me daba un beso y nos íbamos caminando de la mano, vaya uno a saber hacia donde.
Esos son los sueños comunes para cualquier niño o adolescente promedio, digamos. ¿Quien no soñó ser jugador de fútbol, estrella de rock o el galán del curso? Con el tiempo, los sueños van tomando caminos impensados. Es entonces cuando empezamos a intentar buscarles una explicación para, por lo menos, ir a jugar el numerito de la quiniela correspondiente y tentar a la suerte, a veces tan esquiva. De esta manera, uno sabe que si sueña con que se está sacando piojos de colores de la cabeza hay que jugarle al 87. Si el sueño tiene que ver con el loco que todos los días, a eso de las cinco y media de la tarde, pasa revoleando una remera por la peatonal San Martín al grito de “dale Boca, dale Booo, le ganamo otra vez, le ganamo otra vez”, habrá que jugarle indefectiblemente al 22. En cambio, si uno sueña con que asiste a un festival de blues y a las cinco de la mañana aparece Pajarito Zaguri en patas y haciendo distorsionar a su guitarra, no queda otra que apostar por el 35. Y así podríamos continuar hasta completar todos los números del 0 al 100.
Hasta aquí hemos hablado de sueños interpretables, de esos que nos permiten ir al quiosco a tentar a la diosa fortuna. ¿Qué otro sentido tiene interpretar los sueños si no es para jugarse unos porotos a la Nacional o a la Provincia? El problema se presenta cuando uno sueña cosas que no aparecen en la lista de sueños. Hace poco soñé con que pagaba un asado para unas cien personas. Una muchedumbre de comensales enardecidos que brindaban en mi honor y cantaban la marcha peronista. Había una mujer de senos grandes que quería conversar conmigo en “un lugar más íntimo” y un hombre canoso con un bigote negro, parecido a Rolo Puente, que en dirección a mi, pedía “un aplauso para Roberto que invitó esta comilona.”
-Yo no soy Roberto. Y, otra cosa, ¿por qué no dividimos los gastos, compañeros?
- No te hagas el loco Robert, ¡Viva Perón!-, gritaba Rolo Puente y todos comenzaban nuevamente a entonar la marchita hasta que yo, en el momento en que coreábamos porque esa Argentina grande con que San Martín soñó..., me despertaba y respiraba aliviado al caer en la cuenta de que todo había sido un sueño y no iba a tener que endeudarme para pagar el asado para los compañeros.
Después de semejante sueño traté de buscarle una interpretación, algo que me indicara a qué número jugarle. Pensé que podía ser el 20, la fiesta. Pero no se trataba de una fiesta. Quizá podía ser el dinero, que es el 32, pero tampoco. Y caí en la cuenta de que no hay un número para todos los sueños que uno sueña. ¿Será por eso que la gente va al psicólogo a contarle sus sueños? ¿Será que los psicólogos tienen el número para cada sueño?
Pero mi último sueño tiene que ver con que soy un tipo que escribe, que cada tanto publica algo y hay gente que se toma el trabajo de leerlo y hasta le parecen interesantes algunas de las cosas que dice. Habrá que ver si hay algún numerito para eso.
3 comentarios:
Muchas gracias!!
Estamos en contacto, leo tu blog.
Saludos...
Quien no tuvo esos sueños de estrellato!!! que lindos!!
Tengo un numerito para ésto: 10, Tedi!! y, como yapa, va con abrazo.
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