
En los picados del barrio, en el potrero, había distintas clases de jugadores. Estaba el que era bueno, la pisaba y jugaba por su categoría, el gordito al que siempre le tocaba el arco, o el que jugaba porque era el dueño de la pelota y hacía lo que quería. En nuestro fútbol, el de todos los fines de semana, venía pasando algo parecido. Los clubes, con Julio Grondona a la cabeza, le habían pasado la pelota a un grupo de empresas (o a una empresa) que se le habían adueñado. Y tanto se creyeron ser los dueños, que hicieron durante casi veinte años lo que se les dio la gana con la pasión más grande de los argentinos: el fútbol.
Por ese motivo y aunque aún no esté del todo claro que es lo que va a suceder de aquí en más, hay en el ambiente una sensación de satisfacción muy grande. Ver morder el polvo a los que hasta acá se creían omnipotentes es una alegría doble. ¿Como no va a celebrarse que quienes secuestraban los goles hasta el domingo a la noche por una vez pierdan? Si son esos mismos tipos que te mostraban toda la previa del partido, a los jugadores cuando salían a la cancha y hacían los ultimos ejercicios de calentamiento y justo cuando el árbitro daba el pitazo inicial, te daban vuelta la cámara para televisar noventa minutos de… ¡tribuna!. Los mismos que hicieron natural que un partido se jugara a la una y media de la tarde o a las once de la mañana. O un martes a las tres de la tarde. Los mismos que armaron tropas de periodistas adictos, incapaces de hacer una crítica (salvo honrosas excepciones). De tipos con experiencia y de jóvenes que con tal de estar en cámara se aprendieron muy bien el libreto. Son esos mismos periodistas que ahora se preguntan con su mejor cara de póker como el gobierno puede destinar millones para el fútbol sin antes solucionar “el escándalo de la pobreza” (Benedicto dixit). Pero que nunca dijeron absolutamente nada de la estafa que se cometía contra los clubes al recibir estos una mísera parte del negocio faraónico que la pelota genera. Y que tomaron como natural que viniera cualquier equipo ya no de España, Italia o Inglaterra (léanse estas como las ligas más poderosas del Mundo) sino de Rusia, Grecia, o Ucrania para llevarse a los mejores jugadores y con eso seguir devaluando al campeonato vernáculo.
Por ese motivo y aunque aún no esté del todo claro que es lo que va a suceder de aquí en más, hay en el ambiente una sensación de satisfacción muy grande. Ver morder el polvo a los que hasta acá se creían omnipotentes es una alegría doble. ¿Como no va a celebrarse que quienes secuestraban los goles hasta el domingo a la noche por una vez pierdan? Si son esos mismos tipos que te mostraban toda la previa del partido, a los jugadores cuando salían a la cancha y hacían los ultimos ejercicios de calentamiento y justo cuando el árbitro daba el pitazo inicial, te daban vuelta la cámara para televisar noventa minutos de… ¡tribuna!. Los mismos que hicieron natural que un partido se jugara a la una y media de la tarde o a las once de la mañana. O un martes a las tres de la tarde. Los mismos que armaron tropas de periodistas adictos, incapaces de hacer una crítica (salvo honrosas excepciones). De tipos con experiencia y de jóvenes que con tal de estar en cámara se aprendieron muy bien el libreto. Son esos mismos periodistas que ahora se preguntan con su mejor cara de póker como el gobierno puede destinar millones para el fútbol sin antes solucionar “el escándalo de la pobreza” (Benedicto dixit). Pero que nunca dijeron absolutamente nada de la estafa que se cometía contra los clubes al recibir estos una mísera parte del negocio faraónico que la pelota genera. Y que tomaron como natural que viniera cualquier equipo ya no de España, Italia o Inglaterra (léanse estas como las ligas más poderosas del Mundo) sino de Rusia, Grecia, o Ucrania para llevarse a los mejores jugadores y con eso seguir devaluando al campeonato vernáculo.
Es risueño ver como “Don Julio” se ha convertido en Grondona a secas para el pulpo multimediático, luego de haber compartido un idílico romance durante años. Por supuesto que Grondona no es la Madre Teresa y los dirigentes de los clubes no son los enanitos de Blancanieves. De una vez por todas tendrán que hacerse las cosas bien en el fútbol argentino para que realmente cambien en serio. Pero empezar por el fin del monopolio es una buena señal.
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