De chico, cuando iba a la escuela al turno tarde y me gustaba quedarme remoloneando dando vueltas en la cama, había alguien que a los gritos me invitaba a abandonar el lecho. “¡Neeeeneee, levantate que es una mañana peronista!”. Con esas palabras, mi abuela reclamaba mi presencia cuando una mañana de sol se presentaba sobre aquella Mar del Plata de mediados de los años ochenta, tan distinta a la de ahora.
Yo sabía poco o nada de lo que era el peronismo y tampoco me figuraba porque una mañana de sol debía tener esa afiliación política. Era
Mi abuela, la de las mañanas peronistas, era también la abuela de Julieta, mi hermana, y de Florencia, Federico y Juan, mis primos. Se llamaba Nereyda Venecia Fittipaldi y había nacido en Azul el 5 de abril de 1918. Nereyda, como las sardinas y Venecia, como esa poética ciudad italiana, la de los puentes y las góndolas. Aunque bien podría haberse llamado Maipú, ya que había nacido al cumplirse cien años de aquella histórica batalla, llevada a cabo el 5 de abril de 1818 entre tropas revolucionarias y realistas en el valle del Maipo, cerca de Santiago de Chile. La reglamentación de esa época, tan lejana a estos tiempos en donde cualquier nombre está permitido, hizo que su padre se quedara con las ganas de llamarla de ese modo.
Nunca tuvo formación política ni fue una militante del peronismo. Pero tenía bien en claro que un día de sol era un día peronista, como aquel 17 de octubre de 1945, cuando los descamisados llegaron a
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