miércoles, 23 de junio de 2010

LAS MAÑANAS PERONISTAS DE MI ABUELA


De chico, cuando iba a la escuela al turno tarde y me gustaba quedarme remoloneando dando vueltas en la cama, había alguien que a los gritos me invitaba a abandonar el lecho. “¡Neeeeneee, levantate que es una mañana peronista!”. Con esas palabras, mi abuela reclamaba mi presencia cuando una mañana de sol se presentaba sobre aquella Mar del Plata de mediados de los años ochenta, tan distinta a la de ahora.


Yo sabía poco o nada de lo que era el peronismo y tampoco me figuraba porque una mañana de sol debía tener esa afiliación política. Era la Argentina que creía en Raúl Alfonsín, aquel radical que gobernaba el país luego de la noche de la dictadura y el peronista más famoso era Antonio Cafiero, gobernador de la provincia de Buenos Aires. Entonces vivían el Negro Olmedo y Minguito, no existía Internet, Boca no ganaba campeonatos y yo me enfurecía hasta las lágrimas cuando un arquero le tapaba un gol a “Comitas” o al “murciélago” Graciani.


Mi abuela, la de las mañanas peronistas, era también la abuela de Julieta, mi hermana, y de Florencia, Federico y Juan, mis primos. Se llamaba Nereyda Venecia Fittipaldi y había nacido en Azul el 5 de abril de 1918. Nereyda, como las sardinas y Venecia, como esa poética ciudad italiana, la de los puentes y las góndolas. Aunque bien podría haberse llamado Maipú, ya que había nacido al cumplirse cien años de aquella histórica batalla, llevada a cabo el 5 de abril de 1818 entre tropas revolucionarias y realistas en el valle del Maipo, cerca de Santiago de Chile. La reglamentación de esa época, tan lejana a estos tiempos en donde cualquier nombre está permitido, hizo que su padre se quedara con las ganas de llamarla de ese modo.


Nunca tuvo formación política ni fue una militante del peronismo. Pero tenía bien en claro que un día de sol era un día peronista, como aquel 17 de octubre de 1945, cuando los descamisados llegaron a la Plaza de Mayo para reclamar la libertad del líder preso en la Isla Martín García y se refrescaron con las patas en el agua de las fuentes porteñas, horrorizando a galeritas y señoras bien. Perón supo comprender a aquella masa emergente de trabajadores como nadie lo había hecho hasta el momento, dándoles entidad e incorporándolos a la vida política del país. Les hablaba en un tono campechano y los trataba de compañeros. Pero ese reconocimiento no se quedaba solo en las palabras, sino que tuvo su correlato en la vida cotidiana de los trabajadores, que experimentaron cambios rotundos en sus formas de vida. Los gorilas (expresión adoptada para denominar a los antiperonistas) aborrecerían por siempre de Perón y del peronismo. Mi abuela, en cambio, sabía que aquel peronismo fue una revolución hecha con alegría. La misma que sentía cuando se levantaba a la mañana y al ver el sol corría a gritarme ¡neeeeneee, levantate que es una mañana peronista!

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