martes, 13 de julio de 2010

Cagarse en Perón (o Las tostadas quemadas de mi Abuela)



Cuando era chico, mi abuela escuchaba la radio y hacía tostadas. Eran los tiempos en que Héctor Larrea hacía “Rapidísimo” y Antonio Carrizo “La vida y el canto”, por Radio Rivadavia. Yo me levantaba a media mañana, escuchaba a la pasada algún tango que venía del aparato –Gardel, Julio Sosa o el Polaco Goyeneche preferentemente- y sentía el inconfundible aroma de las tostadas que preparaba Nereyda. Tenía una tostadora vieja, media agujereada, de esas que tienen una rejillita que va encima de una chapa y se calientan en la hornalla. Ahí ponía las rodajas de pan, siempre cortadas gruesas. Una vez listas, las tostadas iban a parar a una lata color gris de forma cilíndrica. Hechas por la mañana le servían para todo el día. No era de buen comer mi abuela y se alimentaba a base de tostadas, jamón crudo, mate (excesivamente) dulce y chocolates. Yo disfrutaba robándole el jamón crudo o algún chocolate. En un tiempo se le había dado por esas galletas de arroz inflado de un sabor inexistente, que jamás se me dio por hurtarle.

De vez en cuando las tostadas se le quemaban y ahí, Nereyda, mi abuela, largaba una puteada: “¡me cago en la madre de Perón!”, decía, poniendo un especial énfasis en las palabras cago y Perón. Aunque siempre me causó mucha gracia ese insulto hacia la progenitora del General, que la vieja propinaba intempestivamente al aire, nunca me preocupé por saber el significado que tenía para ella. ¿Qué significaría para mi abuela cagarse en la madre de Perón? Si bien nunca tuvo una formación política robusta, ella se declaraba peronista. Analizándolo minuciosamente, entonces, no tendría mucho sentido cagarse en la mujer que había llevado en su vientre a quien fuera en vida el político más influyente de la historia argentina, siendo además que mi abuela profesaba una especie de amor platónico hacia el líder.


Años después leyendo un librito sobre John William Cooke, noté que José Pablo Feinmann atribuía al ideólogo del Peronismo Revolucionario, la siguiente frase: “Me cago en Perón.” Claro que Cooke no puteaba al líder porque se le quemaran las tostadas ni por ningún otro percance culinario, sino que ese cagarse en Perón tenía, en palabras de Feinmann, otra explicación. Distinta a la de mi abuela y casi filosófica: …“para los peronistas como yo, para los peronistas revolucionarios, cagarnos en Perón es creer y saber que el peronismo es más que Perón. Que Perón es el líder de los trabajadores argentinos, pero que nosotros, los militantes de la izquierda peronista, tenemos que hacer del peronismo un movimiento revolucionario. De extrema izquierda. Y tenemos que hacerlo le guste o no a Perón. Porque si lo hacemos, compañero, a Perón le va a gustar. Porque Perón es un estratega y un estratega trabaja con la realidad. Una realidad que, más allá de sus convicciones que son muy difíciles de conocer, Perón va a tener que aceptar. Porque Perón, Salamanca, ya no se pertenece. Quiero decir: lo que no le pertenece es el sentido político último que tiene en nuestra historia. Porque Perón va a tener que aceptar lo que realmente es, lo que el pueblo hizo de él: el líder de la revolución nacional y social en la Argentina. Esa es, entonces, compañero, en suma, mi manera de cagarme en Perón”…


John William Cooke había nacido en La Plata el 14 de noviembre de 1920. Provenía de una familia política y radical. Su padre había sido de los primeros radicales en pasarse al peronismo. El “bebe”, como le decían, fue diputado por el peronismo, de intensa labor parlamentaria entre 1946 y 1951. Después de la caída de Perón, fue nombrado como el primer delegado en Argentina del líder en el exilio y fue un personaje clave en los primeros años de la resistencia, motivo que le valió la cárcel en más de una ocasión. A comienzos de la década de 1960 viajó a Cuba con su compañera Alicia Eguren, en donde participó de la defensa de la Revolución en Playa Girón. Cooke era un convencido de que el peronismo debía ser un movimiento revolucionario y por eso luchó hasta el final de sus días en septiembre de 1968, cuando un cáncer lo fulminó a una temprana edad. Su legado más importante fue el de sentar las bases para un peronismo combativo y de izquierda.


Mi abuela, no era de izquierda y no intentaba anticiparse al pensamiento de John William Cooke o del mismo José Pablo Feinmann. Simplemente y vaya a saber uno por qué, se cagaba en la Madre de Perón y cada vez que la escuchábamos, esa frase venía acompañada de un inconfundible olor a pan quemado.

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