Los tiempos cambian, las sociedades avanzan y, afortunadamente, algunos prejuicios van dejándose de lado o al menos eso se intenta. El Congreso de la Nación tiene la oportunidad por estos días de sancionar una ley de avanzada, que reconozca los derechos de todos y todas a la hora de establecer una pareja, más allá de lo que decidan hacer con su culo, su pene o su vagina, como sucede en varios países europeos pero que sería toda una novedad para Latinoamérica.
¿Quien podría negarse a estos cambios si se supone que un alto porcentaje de la sociedad lo avala? ¿A quien no le interesa que las parejas homosexuales accedan en igualdad con las heterosexuales a los derechos previsionales, laborales, patrimoniales y sucesorios? La Iglesia Católica Argentina, cuando no, encabeza una cruzada contra lo que considera una "guerra de Dios" contra el "Padre de la mentira" que supuestamente viene a destruir el "plan de Dios." Es por estos motivos que el Episcopado ha desplegado un lobby en la Cámara Alta para presionar a senadores en pos de de truncar el proyecto. Asimismo, prepara una movilización para mañana en la cual se convocará a "salvar a la familia." La oposición, siempre tratando de caer simpática a las corporaciones, ha elaborado un proyecto de unión civil que sería un trampa porque no equipara derechos y, desde su concepción es discrminatorio, ya que reconoce a homosexuales como diferentes.
No sería esta la primera vez que la jerarquía eclesiástica se manifieste en contra de una ley relacionada al matrimonio. Ya lo hizo en 1888, cuando se aprobó la ley de matrimonio civil que separaba a la institución religiosa de la institución civil o a mediados de la década de 1980 cuando se opuso a la ley de divorcio, que por otra parte había sido causante de su ruptura con el gobierno del General Perón en el año 1954. Hoy la Iglesia se muestra escandalizada por la posibilidad de que una pareja homosexual pueda tener los mismos derechos que las heterosexuales y, quizás lo que más la irrita, acceda a la adopción. Algo que se da en la práctica, pero que la ley hasta aquí se niega a reconocer y con esto priva de derechos a niños y niñas.
Si la Iglesia Católica predica la palabra del Señor. Y se supone que "todos somos iguales ante los ojos de Dios", ¿por qué la jerarquía eclesiástica sigue negándose a reconocer que los tiempos han cambiado? Es necesario avanzar en los hechos en función de barrer con los prejuicios que solo generan discrminación. Para que la igualdad deje de ser un slogan y pueda convertirse en una realidad.
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