miércoles, 28 de julio de 2010

Distintas maneras de observar la lechuga


Aunque nacemos sin saber que todo esto, algún día y de manera inexorable, va a terminar, la muerte es la gran preocupación de los seres humanos. De niños andamos alegremente por la vida, hasta que un día algo o alguien nos hace saber que la muerte existe, que traemos, como un yogurt o un sachet de leche, una fecha de vencimiento. La muerte, eso tan desconocido. Ese momento tan tremendo que alguna vez deberemos enfrentar.

Cuando uno es un niño y se entera de que la parca llegará algún día, las sensaciones son diversas. Pero quizás la más fuerte es de soledad. Debe ser ese el primer momento en que un niño se siente realmente solo, sin explicaciones y con miedo. Será por eso que acudimos a nuestros seres queridos. Probablemente mamá o papá. Para que nos expliquen qué es eso de la muerte. Aunque íntimamente deseamos que no haya explicación. Lo que queremos es que nos nieguen su existencia, para quedarnos tranquilos y felices, seguros de vivir para siempre.

Como no pueden negarla, los padres, en la mayoría de los casos, acuden al cuento de Dios, el cielo, los angelitos y la posibilidad de reencontrarnos con nuestros seres queridos en una especie de fiesta celestial, en la cual estarán todos los que nosotros deseemos que estén. Para esos casos, la posibilidad de la existencia del cielo es un buen recurso. Nos da tanto miedo morir que es un buen invento pensar que vamos a seguir viviendo luego.

Cuando era chico, creyendo en el cielo y la vida después de la vida, pensaba que no estaría tan mal abandonar la Tierra. Quizás iba a encontrarme con personajes famosos como John Lennon o el Negro Olmedo, que por entonces era un flamante huésped de las nubes.

Mi abuela, que siempre tenía alguna frase justa para lanzar en el momento preciso, definía la muerte de dos maneras. Que eran buenas para comprender por qué había que saber disfrutar la vida. Una era recordar que solo había una cosa en la vida que no tenía solución. Entonces si alguien amagaba con hacerse problema porque se le rompía un plato o pinchaba una goma de la bicicleta, ella le lanzaba aquella frase, que lo devolvía a la hermosa realidad de estar vivo. Y la otra, quizás la más graciosa, era figurarse que cuando ese día llegara iba a pasar a “mirar la lechuga de abajo”.

Hoy ya no creo en encontrar, en el futuro, a John Lennon zapando con Jimi Hendrix ni en presenciar algún sketch del “Manosanta”, en vivo desde algún estudio celestial. Y hasta me permito dudar de que mi abuela vaya a despertarme de mis sueños pegándome un grito al pie de la escalera como lo hacía cuando era chico y me llamaba a tomar la leche. Mientras miro la lechuga desde arriba, recuerdo a esos seres con mucho cariño y pienso, la puta, que lindo es estar vivo.

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