martes, 25 de enero de 2011

Sobre la interpretación de los sueños



Es un mundo extraño el de los sueños. No estoy hablando de sueños en el terreno de las utopías o de cosas que a simple vista parecen poco probables. Como una sociedad sin injusticias, lograr la paz mundial, que se acaben los muertos de hambre o que San Lorenzo gane alguna vez la Copa Libertadores. De lo que hablo es de los sueños, en el sentido más literal, los que ocurren cuando apoyamos la cabeza en la almohada.

Cuando era chico, me dormía pensando en una Bombonera llena de gente. Banderas azules y amarillas por los cuatro costados. La multitud saltando, cantando enardecida y un locutor que anunciaba la formación de Boca en un clásico contra River del año 1989: Navarro Montoya, Stafuza, Simón, Marchesini y Cucciuffo; Giunta, Marangoni, Ponce y Latorre, Graciani y Esteban Tedesco.

Después de eso, la hinchada coreaba mi nombre y empezaba el partido. Una final del campeonato, partido duro, mal jugado pero intenso. De pierna fuerte. La gente se volvía loca cada vez que Giunta trababa una pelota. Iban 43 minutos del segundo tiempo y el partido se moría en un empate sin goles. El murciélago Graciani tomaba una pelota tras pase de gambetita Latorre, se iba por la derecha, metía el desborde y me veía venir por el medio del área. Yo le marcaba el centro como para que me tirara la pelota a media altura para conectarla de cabeza, tirándome en palomita. Pero el murciélago –que era bueno, aunque nunca fue un tipo marquetinero como ese Cristiano Ronaldo de ahora o Beckham, por algo le decían murciélago- se pasaba con el centro y yo, al ver que la pelota me quedaba atrás ensayaba una media chilena en el borde del área chica y la clavaba en el ángulo. Gol, campeonato y la Bombonera que deliraba de felicidad. Yo corría a abrazar al autor del centro y el murciélago me pedía disculpas por lo pasado del envío. Le decía que no importaba, que yo nunca hubiera sido el goleador que era si no lo hubiera tenido a él de asistidor. Y después llegaban Latorre, el Bocha Ponce, Marangoni…Una montaña humana de alegría. La que me sacaba de ese sueño de goles de media chilena y vueltas olímpicas era mi abuela que me decía que me levantara porque era una mañana peronista y si seguía durmiendo terminaría por sacarle cría a las cobijas. Esa era la señal de que mi tiempo en la cama se había terminado y con él, también mis minutos como jugador de la Primera de Boca. Volvía a ser el niño que iba de guardapolvo blanco a la escuela número dieciséis de Mar del Plata, donde los partidos se armaban en los recreos en el patio y se jugaba con una piedra o una chapita de gaseosa, esquivando la piernas de las chicas que pasaban esos quince minutos jugando al elástico o a la rayuela.

Con los años, los sueños van cambiando. Lejos de las canchas, en la adolescencia se sueña con esa chica que se sienta en el último banco del curso. En esos sueños yo era todo un valiente y me animaba a hablarle y decirle que me gustaba. Ella se reía, me daba un beso y nos íbamos caminando de la mano, vaya uno a saber hacia donde.

Esos son los sueños comunes para cualquier niño o adolescente promedio, digamos. ¿Quien no soñó ser jugador de fútbol, estrella de rock o el galán del curso? Con el tiempo, los sueños van tomando caminos impensados. Es entonces cuando empezamos a intentar buscarles una explicación para, por lo menos, ir a jugar el numerito de la quiniela correspondiente y tentar a la suerte, a veces tan esquiva. De esta manera, uno sabe que si sueña con que se está sacando piojos de colores de la cabeza hay que jugarle al 87. Si el sueño tiene que ver con el loco que todos los días, a eso de las cinco y media de la tarde, pasa revoleando una remera por la peatonal San Martín al grito de “dale Boca, dale Booo, le ganamo otra vez, le ganamo otra vez”, habrá que jugarle indefectiblemente al 22. En cambio, si uno sueña con que asiste a un festival de blues y a las cinco de la mañana aparece Pajarito Zaguri en patas y haciendo distorsionar a su guitarra, no queda otra que apostar por el 35. Y así podríamos continuar hasta completar todos los números del 0 al 100.

Hasta aquí hemos hablado de sueños interpretables, de esos que nos permiten ir al quiosco a tentar a la diosa fortuna. ¿Qué otro sentido tiene interpretar los sueños si no es para jugarse unos porotos a la Nacional o a la Provincia? El problema se presenta cuando uno sueña cosas que no aparecen en la lista de sueños. Hace poco soñé con que pagaba un asado para unas cien personas. Una muchedumbre de comensales enardecidos que brindaban en mi honor y cantaban la marcha peronista. Había una mujer de senos grandes que quería conversar conmigo en “un lugar más íntimo” y un hombre canoso con un bigote negro, parecido a Rolo Puente, que en dirección a mi, pedía “un aplauso para Roberto que invitó esta comilona.”

-Yo no soy Roberto. Y, otra cosa, ¿por qué no dividimos los gastos, compañeros?
- No te hagas el loco Robert, ¡Viva Perón!-, gritaba Rolo Puente y todos comenzaban nuevamente a entonar la marchita hasta que yo, en el momento en que coreábamos porque esa Argentina grande con que San Martín soñó..., me despertaba y respiraba aliviado al caer en la cuenta de que todo había sido un sueño y no iba a tener que endeudarme para pagar el asado para los compañeros.

Después de semejante sueño traté de buscarle una interpretación, algo que me indicara a qué número jugarle. Pensé que podía ser el 20, la fiesta. Pero no se trataba de una fiesta. Quizá podía ser el dinero, que es el 32, pero tampoco. Y caí en la cuenta de que no hay un número para todos los sueños que uno sueña. ¿Será por eso que la gente va al psicólogo a contarle sus sueños? ¿Será que los psicólogos tienen el número para cada sueño?

Pero mi último sueño tiene que ver con que soy un tipo que escribe, que cada tanto publica algo y hay gente que se toma el trabajo de leerlo y hasta le parecen interesantes algunas de las cosas que dice. Habrá que ver si hay algún numerito para eso.

sábado, 25 de diciembre de 2010

Esa pregunta que nunca quise escuchar


Siempre hubo una pregunta para la que no tuve respuestas. Cuando era pibe y vivía mis primeros amores pasajeros, había un momento, por lo general después de un instante de intimidad, en el cual era interrogado acerca de mis sentimientos. “¿En qué pensás? o ¿qué sentís?” eran las preguntas favoritas de mis acompañantes. Pregunta incómoda si las hay. Y no se trata de que uno no tenga sentimientos. Pero para qué agregar palabras cuando está todo dicho. O cuando, sinceramente, uno no está pensando en nada concreto o que tenga que ver con lo que la interlocutora quiera escuchar.

Las primeras veces, sorprendido ante la requisitoria, contestaba con evasivas, al estilo de “no es que no piense en nada, pero este ha sido tan buen momento que no tendría sentido que yo lo arruine con mis pensamientos”, para luego terminar la frase con un beso y rápidamente llevar la conversación a otro tema. Muchas veces me vi contestando con frases de compromiso y falso romanticismo para salir del paso. “Pienso que soy alguien muy afortunado por tenerte a mi lado” o “no merezco esto que me está pasando.” Pero una noche, harto de hacerme el poeta, pensé en contestar con una respuesta original, algo que descolocara a mi novia de entonces. Fue así que ante el habitual -¿en qué pensás?-, dije que estaba tratando de recordar la formación del Racing campeón del mundo de 1967 y de memoria recité: “Cejas; Perfumo y Chabay; Martín, Rulli y Basile; Cardoso, Maschio, Cárdenas, Rodríguez y Raffo. ¡Qué equipazo!” Mi novia pensó que estaba loco o que era un pelotudo. Creo que aquella se inclinó, no muy alejada de la realidad, por la segunda opción.

Así fui ensayando nuevas respuestas, intentando perfeccionar mi técnica. Una vez, otra de mis novias me inquirió “-¿Por qué estás callado, en qué pensás?-.” Mi respuesta fue que estaba pensando en “como podía haber sido posible que en aquel año 1951 el General Perón se dejara engañar por el científico alemán Ronald Richter -quien se había instalado tiempo antes en la Isla Huemul con el propósito de producir energía atómica- y anunciara muy suelto de cuerpo al mundo que la Argentina era pionera en esa materia, cuando en realidad el alemán no había obtenido ningún resultado en concreto.” Mi novia me recorrió de arriba abajo con la mirada, se levantó el flequillo con un soplido y me largó un categórico: “-Forro-.” A lo cual contesté que todavía lo tenía puesto y que sería mejor que lo depositara en el cesto de residuos, para más adelante agregar que “de todos modos el General había admitido el fracaso y eso sentó las bases para dejar en marcha la Comisión Nacional de Energía Atómica.” Ella, que no era una chica interesada por la historia y los procesos políticos, mucho menos por el desarrollo nuclear, me definió con tres palabras: “-Sos un boludo-.”

Por un tiempo seguí dando respuestas insólitas, superándome hasta llegar a lugares inusitados. En una época, quizás influenciado por el ingreso a la Universidad, comencé a pronunciar acalorados discursos. “-Ahora estoy pensando en la historia común de los pueblos de la América Latina. Una historia que nos habla de la opresión. Ayer la corona española, hoy el imperialismo yanqui–”, decía levantando el dedo índice a la altura de la sien y con un forzado acento caribeño al estilo cubano. Algunas me miraban con respeto y hasta diría que con admiración. “-¡Ha llegado la hora de romper nuestras cadenas, la hora de los pueblos de América!-”, exclamaba a los gritos, con el puño izquierdo hacia arriba y la mano derecha sosteniendo la sábana que tapaba mis partes pudendas. Aunque no faltó ocasión en la que me viera decepcionado por la efectividad de mi discurso. Una vez me encontré con una joven, que me confesó que se había interesado por la política a través mio, que me contó que estaba con ganas de “hacer algo desde adentro” y que para eso había hablado con una prima que le había conseguido una solicitud, que tenía que llenar como si fuera el formulario de una agencia de empleo, para comenzar a militar en la Juventud del PRO. Estuve varios días preguntándome en qué habría fallado.

Y así pasaron los años, llegó alguna relación estable, en la cual todas mis respuestas ya eran conocidas. Idas, venidas. Mujeres que llegaron y se fueron tan rápido como los presidentes de diciembre de 2001. Hasta que sucedió algo que me pondría nuevamente a prueba, en el momento menos esperado.

Recuerdo que tomaba un trago en un bar, seguramente intentando teorizar sobre el proceso político en curso, cuando por la puerta vi ingresar a una morocha. El cabello largo y un flequillo que le surcaba la frente, tapando una parte de su rostro. Era una noche fría y ella, desafiante, llevaba puesto un saco largo que cuando se lo quitó dejó ver sus piernas blancas, que parecían suaves. El escote me desviaba los ojos y su sonrisa era algo que no podía pasar inadvertido. Empecé a ponerme nervioso, pensando en como hacer para acercarme a ella.

Como un tonto, me arrimé con una excusa más tonta aún. Hice un mal chiste y ella se rió por compromiso. Afortunadamente, tuve dos o tres frases que llamaron su atención, la conversación siguió en buen tono y así estuvimos por un rato. Sinceramente ella me agradó y me hizo reflexionar acerca de las casualidades de la vida. Cómo es posible que cuando uno menos lo espera, estando en el lugar exacto y en el momento indicado, llega alguien que altera tus planes.

Así la fui conociendo, tan rápido como corrían las cervezas de aquella noche. Durante un tiempo todo fue muy lindo, tanto que me hacía sospechar que algo iba a ocurrir. Un día la noté inquieta. Daba vueltas en la cama y me miraba, como sin animarse a decir lo que finalmente diría. Fue en ese momento que me escuché haciendo la misma pregunta que tantas veces no había querido escuchar: “-¿Qué te pasa?-.” Hubo un silencio, la mirada perdida en el ventanal. “-¿En qué pensás?-”, insistí. “-¿Te puedo hacer una pregunta?-”, dijo ella mientras cubría sus senos, de una redondez y proporción casi perfectas, con la sábana. Ahí pensé, va a preguntarme en que pienso y tendré que ser absolutamente sincero esta vez. No voy a salir ahora con qué pienso en qué hubiera pasado si al General Perón lo hubieran matado en el 55 o si hubiese podido regresar al país en el 64. “–Si, preguntame, dale-”, contesté entusiasmado. “-¿Por qué cayó el Plan Austral?-.” Lo dijo así, sin ningún preludio, como una escupida que se estrella contra el parabrisas de un auto.

Mi primera reacción fue de sorpresa absoluta. Cuando por primera vez esperaba una pregunta que diera lugar al estado de mis sentimientos, para decir que estaba realmente enamorado, me vi interrogado acerca de un hecho político de nuestra historia reciente, que nunca había incluido en mi lista de temas para respuestas insólitas. “-Bueno, en verdad, la economía nunca fue mi fuerte-”, balbuceé al comienzo para después enredarme en una maraña de palabras como hiperinflación, saqueos, Alfonsín, convertibilidad, Menem y Cavallo, precedidos estos dos últimos del término atorrante o sinvergüenza.

Creo sin temor a equivocarme que mi respuesta no fue satisfactoria y ella tuvo que seguir indagando en otras fuentes para poder comprender el por qué del fracaso del plan económico del gobierno alfonsinista. Pero la experiencia siempre deja algo que se ha aprendido. Como si la vida fuese un juego de preguntas y respuestas ella preguntó y yo, sin argumentos, retrocedí un par de casilleros. Pero supe a partir de entonces que las mujeres que llegan a tu vida para dejarte sin respuestas, son aquellas por las que vale la pena jugarse un pleno.

viernes, 5 de noviembre de 2010

El Flaco de los mocasines y el saco cruzado


Con un gran dolor, la noticia tardó, en mi conciencia y en la de millones de argentinos, en volverse tolerable. -¿Es verdad que murió el ex presidente?-, preguntó la señora que esperaba para ser censada en la destemplada mañana de Santa Clara del Mar. -¿Como? ¿Que ex presidente?-, contesté perplejo e incrédulo. El televisor encendido en la casa contigua donde continué la tarea, me confirmaría la noticia que ya corría por las redacciones del país y se hacía eco en los principales medios de todo el mundo. El corazón de Néstor Kirchner había dicho basta en El Calafate, aquel rincón casi al final del mapa que era su lugar en el mundo.

Pertenezco a una generación que nació en la dictadura, creció con Alfonsín, adolesció en el menemato y se hizo adulta en el 2001, con el “que se vayan todos” como música de fondo. Por todo lo anterior, esta generación nunca creyó en la política como herramienta de transformación y aprendió que “los políticos eran una manga de ladrones y corruptos que solo buscaban beneficio personal.”

Por eso cuando en 2003 apareció este flaco, medio tuerto, hablando con ceseo, que calzaba mocasines y usaba el saco cruzado, en principio lo miró con la desconfianza que le generaba este Presidente que venía como el delfín político de Eduardo Duhalde (el mismo que como colorario a su actuación en la función pública había manchado sus manos con la sangre de Darío Santillán y Maximiliano Kosteki, los piqueteros asesinados a sangre fría por la bonaerense en el Puente Pueyrredón. “La mejor policía del mundo”, en palabras del propio Duhalde.)

Pero Kirchner era otra cosa. De entrada, encaró contra la Corte Suprema de la mayoría automática, resabio del menemismo, y le cortó la cabeza. Enseguida, dejó en claro cual iba a ser su política en materia de derechos humanos. Recibiendo a Madres y Abuelas, proponiendo la nulidad de las leyes del perdón, yendo al Colegio Militar y en su caracter de Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas, ordenándole al Jefe del Ejército retirar los cuadros de los genocidas Videla y Bignone. Pidiendo perdón en nombre del Estado argentino por primera vez en veinte años por los crímenes de lesa humanidad cometidos durante la dictadura.

Y siguió luego con las políticas de desendeudamiento, para quitarse de encima el lastre del Fondo Monetario Internacional, que durante la década del noventa y principios de la del 2000 venía a dictar las políticas de ajuste. Fue eso y también comenzar a andar un camino junto a los gobiernos de Latinoamérica. En aquella Cumbre de las Américas de Mar del Plata del año 2005 cuando se le plantó, junto a Chávez y Lula, al entonces presidente de Estados Unidos, George W. Bush, que venía dispuesto a firmar el ALCA, un plan de anexión al Imperio. Y pensar que durante mucho tiempo nos quisieron hacer creer que no teníamos nada que ver con los pueblos hermanos del continente, con quienes nos une no solo el idioma, sino también lazos culturales, comerciales e identitarios. Ahí está la Unión de Naciones Sudamericanas (UNASUR) que Kirchner presidía al momento de su muerte y que jugó un papel fundamental para frustrar el reciente intento de golpe en Ecuador.

Concluido el período de Kirchner, vino Cristina, con el famoso conflicto con el campo al inicio de su gobierno y la pelea con el Grupo Clarín. Demostrando que no les temblaba el pulso para hacer frente a las corporaciones que durante décadas marcaron la agenda en este país, siempre para beneficio propio. La reestatización de las jubilaciones, la Ley de Medios y la asignación universal por hijo, entre otras medidas, cuando todos creían que estaban en retirada. Y el proyecto de un país distinto. Con un fuerte respaldo a la ciencia y al desarrollo tecnológico. Con políticas de Estado por las cuales deberá esperarse un tiempo, pero que seguro empezarán a dar sus resultados. Esta su herencia, una Presidenta con el coraje para seguir adelante con el proceso iniciado. Y un pueblo que la va apoyar y defender cuando sea necesario.

Siete años le bastaron a Néstor para dejar una huella profunda en la política argentina. Sin dudas, la historia lo va a recordar como un gran estadista. Muchos le van a agradecer haberles devuelto la esperanza, las ganas de empezar o de volver a creer en la política como una herramienta de transformación social. Aún falta mucho por hacer. Muchas personas siguen viviendo en este suelo con las necesidades básicas insatisfechas. Pero existe el convencimiento de que se está en el camino correcto, ese que empezamos a andar de la mano de un flaco medio tuerto que vino del sur en mocasines y con el saco cruzado.

lunes, 27 de septiembre de 2010

Dibujos


A los seis años hacía mis primeros dibujos en la escuela. Iba a la primaria número 16, que quedaba a unas pocas cuadras de mi casa y ya en esos primeros garabatos se veía que las artes plásticas no iban a ser lo mío. Por más empeño que le pusiera, mis dibujos nunca fueron de los más destacados de la clase. Ni que hablar cuando quería mejorarlos con algún detalle, punzón en mano, de papel glasé. Jamás sería lo que se dice un dibujante afamado, pero como todo niño de esa edad intentaba hacer algo para ganar algún elogio, que siempre venía del lado de mi abuela. Cada vez que yo me acercaba con alguna de mis manualidades ella dejaba de lado lo que estaba haciendo, observaba detenidamente la pieza en exhibición y respondía, categóricamente, con un "aaaaaaa, ¡¡¡qué heeeerrrrmoooso nene!!!" Y luego me daba un beso en la frente, felicitándome. Con eso lograba que yo me ruborizara y tuviera ganas de tributarle tímidamente mi pequeña y precaria obra de arte, que ella guardaría en alguno de sus cajones para que se mezclara con otros dibujos de mi hermana o mis primos, seguramente mejores que los míos.

Era el tiempo en que la Argentina todavía transitaba la "primavera alfonsinista”, que había llegado a fines de 1983 luego de casi ocho años de dictadura. Dos años más tarde se había juzgado a las cúpulas militares. Videla, Massera y compañía, condenados a pasar el resto de su vida a la sombra. Las alegrías venían por el lado del fútbol, con un Maradona que esquivaba ingleses como postes en su camino hacia levantar la Copa en el Mundial de México y, de alguna manera, reivindicaba a los colimbas que la dictadura había mandado al muere cuatro años antes, cuando la guerra de Malvinas. Parecía que el país lo tenía todo para levantarse después de la caída. Campeones en fútbol y en el juzgamiento de los criminales. Pero la ilusión duró poco. El gobierno radical no pudo, no supo o no quiso seguir adelante y a ese juicio histórico le siguieron las leyes de Obediencia Debida y Punto Final, pasaporte a la impunidad para los autores del genocidio argentino. Y las heridas abiertas eran muy profundas como para cicatrizar sin justicia.

Los chicos de primer grado de la Escuela dieciséis, que habíamos nacido en plena dictadura, vivíamos en un mundo ajeno a ese que íbamos a conocer años más tarde. Con madres que buscaban a sus hijos y abuelas que pedían por sus nietos. No podíamos imaginar que mientras la mayoría de nosotros había nacido en una clínica o un hospital, teníamos compañeros en esa u otra escuela que habían nacido en la Escuela de Mecánica de la Armada o en Campo de Mayo y que ahí mismo los habían arrancado de los brazos de sus madres para entregarlos como botín de guerra.

Videla, un general argentino que regó la nación con la sangre de los 30.000 desaparecidos, en un genocidio perpetrado junto a los sectores más reaccionarios de la sociedad para sentar, mediante el terror, las bases de un proyecto económico para unos pocos. Un militar que tiene su lugar en el infierno de nuestra historia.

Esa historia que empezábamos a conocer cuando la maestra de primer grado nos contaba por primera vez sobre la grandeza de otro general argentino: San Martín. Que había luchado por la independencia y soñó junto a Bolívar con la Patria Grande, en donde los países de la América Latina caminaran de la mano. Y que se había ido a morir lejos, en Francia, porque no podía volver para ver como se derramaba la sangre entre hermanos. Recuerdo como recortaba las figuritas del “Santo de la Espada”, que venían en Billiken o Anteojito, me enchastraba con plasticola y las pegaba en el cuaderno Rivadavia. Cuando llegaba a mi casa, todavía con el guardapolvo puesto, le mostraba el trabajo a mi abuela, que coronaba la tarea con un “heeermoooso, nene”, me daba un beso en la frente y un austral para que me comprara caramelos.

jueves, 26 de agosto de 2010

La Soledad es como un penal errado


Cuando era un niño y Boca no ganaba campeonatos tuve mi primera experiencia con la soledad. Transcurría el año 1991 y el equipo de la ribera había hecho una excelente campaña, quedándose con el torneo Clausura, justo diez años después de la última gesta victoriosa de la mano de Diego Armando Maradona. Yo era lo que se dice un fanático del fútbol, al punto de llorar si Boca perdía, así fuere con River o con Unión de Santa Fe. Pero en ese año 1991, por fin la mano había cambiado y pude disfrutar con los goles de Batistuta o las gambetas de Latorre. Era un equipazo, atajaba Navarro Montoya, el cinco era Giunta y el técnico el maestro Tabárez.

El equipo ganó invicto ese campeonato, pero para terminar de consolidarse como campeón debía enfrentarse a un desempate con el ganador del Apertura. Que era ni más ni menos que el Newell´s de Marcelo Bielsa. Luego de semejante producción, todos confiaban en una sencilla victoria para Boca. Pero algo habría de conspirar contra las aspiraciones de la mitad más uno. Ese mismo año, se jugaba la Copa América y el entrenador de la selección argentina había decidido citar a las dos grandes figuras que habíamos tenido en el torneo: Gabriel Batistuta y Diego Latorre. Batman y Robin. El ancho de espadas. Y el de basto también.

Recuerdo que hubo algunas protestas e intentos de negativa por parte de la dirigencia, pero con el argumento de que a Newell´s también le sacaban jugadores, hubo que tragarse el sapo. Y para reemplazarlos se recurrió de apuro a un ignoto delantero brasileño y a la “Vieja” Reinoso, un buen número diez que había pasado por Independiente, pero que ni por asomo tenía el nivel que había mostrado “gambetita” Latorre.

Así las cosas, Boca viajó a Rosario para jugar el primer partido. Perdimos uno a cero con gol de Berizzo, pero había que jugar la vuelta en una Bombonera que estaría repleta. Todavía, los pronósticos favorecían al equipo del Maestro Tábarez. El partido fue trabado e intenso como toda final, con el condimento del barro producto de la lluvia. Pasaban los minutos y el gol no llegaba. Hasta que la Vieja Reinoso, ese que habían ido a buscar para reemplazar a Latorre, agarró un rebote en el área y la mandó a guardar. El otro, el brasilero, vino de paseo a Buenos Aires. Supongo que se habrá sacado fotos en “Caminito” o se habrá clavado un bife en “Chiquilín”, pero de jugar al fútbol, poco y nada. Con el uno a cero final hubo que ir a los penales y el desenlace no pudo ser peor. La victoria fue para los rosarinos. Todavía recuerdo el último penal de Walter Pico, “Piquito”, estallando como una bomba contra el travesaño. Y contra mi corazón azul y oro.

A partir de ese momento me invadió la furia, el desasosiego. Lloré, insulté a los cuatro vientos, maldije a cada uno de esos jugadores vestidos de rojo y negro que habían tenido la osadía de arrebatarle el título a mi equipo. Preso ya del desenfreno y la ira, arremetí contra uno de los sillones del living de mi casa. Como si fuera a ejecutar nuevamente el último penal que “Piquito” había reventado contra el travesaño, le di un puntinazo al sofá. Esa fue la gota que rebasó el vaso y la paciencia de mi padre, que me tomó de un brazo y me encaminó hacia el baño, para comprobar empíricamente si el agua fría de la ducha podía calmar aquella ira.

Luego de la refrescada, fui convidado a reflexionar en mi habitación. La bronca seguía, quería enterrarme en un pozo y no salir hasta que comenzara el campeonato siguiente. No podía imaginar con que cara me iba a presentar en la escuela el lunes. Al rato, en un acto de condescendencia, mi madre me invitó a tomar un té con alguna frase de ocasión al estilo de “ya está, es sólo un partido fútbol.” ¿Sólo un partido de fútbol?, pensé. Tuve ganas de decirle que ese partido de fútbol era todo en ese momento, la razón de mi existencia, quizás. Todavía con lágrimas en los ojos le respondí que no quería un té y que me dejarán solo. Solo con mi soledad. Textuales palabras. Dicen que el jugador de fútbol también se siente muy solo cuando camina esos treinta metros que lo separan del medio campo al punto del penal en una definición de ese tipo, con lo cual supongo que Piquito, habrá experimentado una sensación parecida a la mia.

Tiempo después empecé a recordar con mucho humor esa historia. Y comprendí que si, que era solo un partido de fútbol y que poco podía hacer para cambiar un resultado sentado cómodamente en el sillón de mi casa. La vida está compuesta por definiciones por penales en las que uno mete goles, pega la pelota en el palo o la tira a la tercer bandeja. Con los años volví a sentirme solo cuando me llevé por enésima vez matemática a marzo, se terminó algún noviazgo, se fue un ser querido o me quedé sin trabajo, pero sigo sin poder comprender como ese penal de Piquito se estrelló contra el travesaño.

domingo, 8 de agosto de 2010

Perón se tendría que haber llamado Viernes

Recibimos con agrado este breve relato por parte de la compañera Daniela y queremos compartirlo con ustedes. Que lo disfruten.

Perón se tendría que haber llamado Viernes
Por Daniela Pérez Silva

Tengo un profundo odio y rechazo hacia los días domingo. Los detesto, los borraría del calendario, y cuando van seguidos de un feriado, mucho más. No los puedo tolerar, me invento actividades como visitar gente o ir a apoyar el culo un buen rato arriba de un pedazo de césped en la plaza pero en donde vuelvo a casa, acecha el odio.

Necesito, antes de seguir, contar dos cosas de mí que parecieran que no tienen un pedo que ver pero cuando las explique van a ver que sí: resulta que soy enfermamente peronista y adicta a todas las redes sociales virtuales, sobre todo al facebook.

Entonces, el otro día, luego de pasar un hermoso domingo al sol en el parque, en el cual nos entretuvimos observando dos perros que jugaban a morderse la oreja y tomando unos mates que por cierto estaban asquerosos, porque eso pasa siempre que salís con el mate, o te queda frío, o se te tapa la bombilla, llegué a mi casa, abrí el caralibro y escribí AY DOMINGO, DOMINGO ¿cómo puedo hacer para quererte? Y una amiga mía, que está bastante más al pedo que yo, pero que no detesta tanto a los domingos, me contestó: No Dani, no los odies, pensá que el general se llama Juan Domingo…
Y me dejó reflexionando.

Pensé, pensé y pensé… Me propuse no detestar tanto a ese día….pero es más fuerte que yo..LO ODIO LO ODIO LO ODIO…SIEMPRE LLUEVE Y EN LA TELEVISION LO MAS MODERNO QUE HAY ES UNA PELICULA DE CUANDO SILVESTER STALLONE AUN NO SE HABIA HECHO LA REVERENDA CARA DE GOMA QUE TIENE AHORA….

Y seguí reflexionando, recordé, como tanto me gusta, ese versito popular que dice que cuando hay un día espectacular con un sol radiante, es un día peronista…Y sí, los días peronistas, son hermosos…Entonces yo me pregunto ¿cómo puede ser que justo el general se llame domingo, que es el día más horrible de toda la semana?

Entonces concluí en algo que es lo que da nombre a este texto escrito desde el mas profundo sentimiento de bronca, porque créame señor lector que no tengo ningún interés en esbozarle una sonrisa en lo absoluto, sólo quiero, que tanto usted, como yo, empiece a odiar los domingos si es que aún no lo ha hecho…

Y se haga peronista, sí es que tampoco lo ha hecho…..Perón nos ama….Perón se tendría que haber llamado viernes…porque el domingo no nos quiere.



miércoles, 28 de julio de 2010

Distintas maneras de observar la lechuga


Aunque nacemos sin saber que todo esto, algún día y de manera inexorable, va a terminar, la muerte es la gran preocupación de los seres humanos. De niños andamos alegremente por la vida, hasta que un día algo o alguien nos hace saber que la muerte existe, que traemos, como un yogurt o un sachet de leche, una fecha de vencimiento. La muerte, eso tan desconocido. Ese momento tan tremendo que alguna vez deberemos enfrentar.

Cuando uno es un niño y se entera de que la parca llegará algún día, las sensaciones son diversas. Pero quizás la más fuerte es de soledad. Debe ser ese el primer momento en que un niño se siente realmente solo, sin explicaciones y con miedo. Será por eso que acudimos a nuestros seres queridos. Probablemente mamá o papá. Para que nos expliquen qué es eso de la muerte. Aunque íntimamente deseamos que no haya explicación. Lo que queremos es que nos nieguen su existencia, para quedarnos tranquilos y felices, seguros de vivir para siempre.

Como no pueden negarla, los padres, en la mayoría de los casos, acuden al cuento de Dios, el cielo, los angelitos y la posibilidad de reencontrarnos con nuestros seres queridos en una especie de fiesta celestial, en la cual estarán todos los que nosotros deseemos que estén. Para esos casos, la posibilidad de la existencia del cielo es un buen recurso. Nos da tanto miedo morir que es un buen invento pensar que vamos a seguir viviendo luego.

Cuando era chico, creyendo en el cielo y la vida después de la vida, pensaba que no estaría tan mal abandonar la Tierra. Quizás iba a encontrarme con personajes famosos como John Lennon o el Negro Olmedo, que por entonces era un flamante huésped de las nubes.

Mi abuela, que siempre tenía alguna frase justa para lanzar en el momento preciso, definía la muerte de dos maneras. Que eran buenas para comprender por qué había que saber disfrutar la vida. Una era recordar que solo había una cosa en la vida que no tenía solución. Entonces si alguien amagaba con hacerse problema porque se le rompía un plato o pinchaba una goma de la bicicleta, ella le lanzaba aquella frase, que lo devolvía a la hermosa realidad de estar vivo. Y la otra, quizás la más graciosa, era figurarse que cuando ese día llegara iba a pasar a “mirar la lechuga de abajo”.

Hoy ya no creo en encontrar, en el futuro, a John Lennon zapando con Jimi Hendrix ni en presenciar algún sketch del “Manosanta”, en vivo desde algún estudio celestial. Y hasta me permito dudar de que mi abuela vaya a despertarme de mis sueños pegándome un grito al pie de la escalera como lo hacía cuando era chico y me llamaba a tomar la leche. Mientras miro la lechuga desde arriba, recuerdo a esos seres con mucho cariño y pienso, la puta, que lindo es estar vivo.