
Los medios de comunicación, se sabe, manejan poder. Informan pero también se encargan de ensalzar o desacreditar a determinada institución, entidad, persona o grupo de personas. En medio del debate por la finalmente sancionada Ley de Medios, se han escuchado muchas cosas que suenan a incoherencias fundamentalmente del lado de quienes se oponían a modificar una ley anacrónica y cuyo origen se remonta a la última dictadura militar. Que esta es una ley mordaza, de control de medios. Que el gobierno quiere dominar los medios para perpetuarse en el poder. Que quieren hacer de Argentina lo mismo que Chávez con Venezuela. Que corre riesgo la libertad de expresión, que blablabla…
Aquellos que hablan de libertad de expresión son los mismos que en los últimos días han encarado una campaña asquerosa de demonización de las organizaciones sociales a partir de un hecho repudiable como el escrache que sufrió el senador radical Morales (también el diputado del Frente Para la Victoria Agustín Rossi sufrió un hecho similar el año pasado, pero como los huevos provenían de productores y chacareros no tuvieron la misma repercusión). Sin que se les mueva un pelo se ha hablado de grupos de choque del kirchnerismo, que andan en el narcotráfico, que están armados, que son la violencia de nuestra sociedad, que asistimos a una colombianización y que otras tantas barbaridades más. Y han gozado de la mayor libertad de expresión para decirlo y de un ejército de medios que amplifica estas versiones corriendo el riesgo de que esto se instale como una verdad para un sector de la sociedad proclive a creer sin análisis mediante, mucho de lo que se dice en la televisión, en la radio o se escribe en los diarios.
Esas organizaciones sociales han realizado y realizan un trabajo importantísimo que data desde finales de la década del noventa y que tuvo su momento más crítico durante la crisis de 2001. Se han encargado de cumplir una función tan elemental como la de garantizar el plato de comida para los más necesitados. Cuando la soga no apretaba tanto el cuello han dado un paso adelante en la organización y el empleo de sus integrantes. Pero nada de eso se ve reflejado en los grandes medios. Para estos son piqueteros malvados llenos de violencia. Piquetero. Ese es la palabra o el mote con el que estigmatizan. Más allá de que los militantes de organizaciones sociales se sientan orgullosos de serlo y de cortar una ruta si hace falta, jamás escuchamos hablar de boca de los grandes medios de los piqueteros del campo durante el conflicto por la resolución 125. Esos son productores, ruralistas, chacareros. Cortaban rutas si. Corría riesgo el abastecimiento también. Pero jamás serán piqueteros. Esa palabra estará reservada para otra clase de gente, que será piquetera para siempre, aunque haya pasado mucho tiempo desde la última vez que cortaron una ruta.
Aquellos que hablan de libertad de expresión son los mismos que en los últimos días han encarado una campaña asquerosa de demonización de las organizaciones sociales a partir de un hecho repudiable como el escrache que sufrió el senador radical Morales (también el diputado del Frente Para la Victoria Agustín Rossi sufrió un hecho similar el año pasado, pero como los huevos provenían de productores y chacareros no tuvieron la misma repercusión). Sin que se les mueva un pelo se ha hablado de grupos de choque del kirchnerismo, que andan en el narcotráfico, que están armados, que son la violencia de nuestra sociedad, que asistimos a una colombianización y que otras tantas barbaridades más. Y han gozado de la mayor libertad de expresión para decirlo y de un ejército de medios que amplifica estas versiones corriendo el riesgo de que esto se instale como una verdad para un sector de la sociedad proclive a creer sin análisis mediante, mucho de lo que se dice en la televisión, en la radio o se escribe en los diarios.
Esas organizaciones sociales han realizado y realizan un trabajo importantísimo que data desde finales de la década del noventa y que tuvo su momento más crítico durante la crisis de 2001. Se han encargado de cumplir una función tan elemental como la de garantizar el plato de comida para los más necesitados. Cuando la soga no apretaba tanto el cuello han dado un paso adelante en la organización y el empleo de sus integrantes. Pero nada de eso se ve reflejado en los grandes medios. Para estos son piqueteros malvados llenos de violencia. Piquetero. Ese es la palabra o el mote con el que estigmatizan. Más allá de que los militantes de organizaciones sociales se sientan orgullosos de serlo y de cortar una ruta si hace falta, jamás escuchamos hablar de boca de los grandes medios de los piqueteros del campo durante el conflicto por la resolución 125. Esos son productores, ruralistas, chacareros. Cortaban rutas si. Corría riesgo el abastecimiento también. Pero jamás serán piqueteros. Esa palabra estará reservada para otra clase de gente, que será piquetera para siempre, aunque haya pasado mucho tiempo desde la última vez que cortaron una ruta.
















